¿Por qué no?
El celular lo sobresaltó. Miró el reloj: las 5 de la mañana. Miró el visor y reconoció el teléfono. Atendió.
- Hoy le doy el toque final. Mañana vos… preparate –fue todo lo que escuchó del otro lado de la línea.
Se oyó murmurar lo de qué rápido pasa el tiempo y se sintió de mil años. Fue hasta la cocina, encendió la cafetera eléctrica, fue a la heladera y sacó el jugo de naranjas natural que la empleada le había hecho el día anterior; agarró un jarro y lo llenó hasta la mitad de café humeante mientras bebía el jugo.
En la mesa del breakfast encendió la tablet y recorrió las portadas de los diarios. Lo mismo con distinto tono. Unos pegando duro y los otros demostrando refutaciones. En el medio estaba su amigo. ¿Qué dijo? No, amigo no. Estaba en buenos términos, excelentes términos con él. De todos modos no sería tan fácil…
Se duchó, jean y camisa con un chaleco fino, mochila con sus cosas y la lap que parecía una extensión de su cuerpo, un tercer brazo.
Bajó al subsuelo y dudó. Pero el día estaba radiante. Encendió la HD Router, la montó como a un potro poco amansado y mientras subía por la rampa, sintió que la vida le sonreía.
Alargó el recorrido habitual. Rodó por la Costanera Norte, subió a la Gral. Paz, llegó a la Panamericana y aceleró hasta que el viento se convirtió casi en una pared inexpugnable. Retornó a velocidad de desfile, anduvo por las calles arboladas de San Isidro, enfiló hacia la capital y por fin apagó el motor en el sector de motos de su trabajo.
No lo había llamado, pero dadas las circunstancias quedaba bien dar apoyo. Que lo vieran implicado.
Él estaba como acelerado. Dudó de que no hubiera snifado coca de la buena porque hablaba y se movía como un tipo que se hubiera bajado no menos de cuatro líneas. Pero no, él no se intoxicaba. Ni con alcohol. Parecía obsedido. El día anterior lo vio en la televisión y le dio la misma impresión. Ahora, estaba con los teléfonos a cuatro manos. Periodistas y radios. Uno tras otra. Y él dando explicaciones, justificaciones. Hasta le tuvo lástima. Parecía un cuzco asustado, temeroso, que cubría su miedo ladrando.
Lo saludó con un gesto de su mano y con el pulgar en ristre se despidió. No tenía nada que hacer allí. Él tampoco le hizo ningún gesto y no lo llamó para que se quedara.
Mientras salía del edificio buscó en su iPod alguna compañía que no fuera tan absorbente que pudiera disfrutar, en algún momento, del silencio.
Llamó. Respondió una agradable voz femenina. Acordaron. Montó su moto y arrancó. Hasta el día siguiente no lo vería. Tendría un excelente día con Maru, aquella morocha de La Biela.
Un remís se llevó a la chica. Él volvió a acostarse. Tenía tiempo. La primera cita sería cerca de las 17. Miró el reloj: las 11 y media. Bebió un vaso de agua de la jarra que la mantenía fría y se acomodó entre las almohadas hundidas y las sábanas revueltas.
Mientras se dejaba llevar por la modorra, igual repasó el contenido de su mochila. Faltaba la caja de metal. Eso iría al final. El oso de tela de avión…
Se despertó a las 2 de la tarde. Ducha rápida, dos manzanas y un café lo terminaron de poner en contacto con el espacio-tiempo. Se decidió por el coche cuando bajó al garaje del edificio, de donde salió sin apuro.
¿Cuánto tiempo hacía? No tanto. O sí. Depende de cómo se lo viera. De todos modos había sido muy redituable, sin duda. Su hermano impulsó bastante las cosas desde su ubicación estratégica cerca de la central. Ahora ya era un avezado especialista con las espaldas bien cubiertas.
El corto trayecto no demandó más de 15 minutos. En la guardia lo saludaron como a un habitual al tiempo que llamaban al departamento para avisar que él había llegado. Con la gentileza de siempre abrieron el portón para que pudiera estacionar dentro del predio vigilado.
Con la mochila colgándole de un hombro esperó al silencioso y rápido ascensor para subir, luego, a las alturas de esa torre impensable sólo 10 años atrás.
En el hall íntimo hasta el chasquido metálico de la puerta del departamento apenas si se oyó. La sonrisa forzada del hombre lo recibió, como siempre. Y como siempre fueron a sentarse al breackfast para tomar café.
Charlaron. En el tono monocorde que esfuerza un diálogo imposible, desgranaron lugares comunes que no incluyeron el estado del clima por pura casualidad.
Después de la segunda taza de café él entró en tema:
- Me dijo que te llamó
- Sí –respondió con aburrimiento- Lo mismo de siempre. Pero estoy mejorando algunos tramos que no redactaron bien…
- Era un riesgo que otros lo escribieran…
- Sí, pero no hubo más remedio. De todos modos, con las reformas que le estoy agregando y que pasan como acotaciones marginales que no necesariamente debían de estar en el cuerpo principal, quedan muchas cosas más firmes…
- Te van a destrozar… Mirá que va la banda de ellos…
- Sí, pero están los nuestros…
- Ante algo errado los nuestros no podrán hacer otra cosa que sobrevivir como puedan a la andanada.
- No es tan así. Ya verás y me verás… Te quiero allí.
- Voy a estar, claro que sí…
- De todos modos, creemos que lo mejor sería que sufrieras un surmenage… cosa de no ir.
- ¿Estás loco? No puedo aflojar así. Ya bastante me tienen contra la pared porque lo demás no se movió nada.
- Por eso mismo…
- No, por eso mismo tengo que estar ahí, darles duro. Tengo elementos, si no probatorios, sí válidos para hacer ruido.
- Como quieras, vos sos el que pone la cara…
- No te preocupes…
- No, claro que no… Igualmente, me dijo que me entregaría algo para vos, así que lo busco y más tarde lo traigo…
- ¿Qué es?
- No especificó pero me aseguró que te serviría y mucho
- ¡Magnífico! Eso es lo que se necesita…
- Te veo luego…
Salió sonriente del edificio cuando pasó frente a la guardia, como si volviera de una reunión breve pero muy satisfactoria. Los de la seguridad privada le sonrieron bobamente por emulación simple de ignorancia temática.
Estacionó el coche cerca del bar. Bajó y buscó el teléfono. Llamó.
- Va a haber problemas.
- No, no los va a haber… vos sabés lo que tenés que hacer ¿verdad¿
- Sí, pero…
- No jodas con “peros”. Si se reculó, no importa. Vos tenés todos los elementos que pediste. Lo tenés en bandeja. Cuando termines, llamame.
La comunicación se cerró con el ruido de estática. Volvió a su departamento. Revisó el contenido de su mochila. Buscó la lata de metal. Introdujo el arma. Constató que la picana eléctrica de seguridad estaba en óptimas condiciones y lista para su uso. Había cambiado levemente el plan. Por ello buscó una carpeta de cartón tipo carátula, se puso los guantes quirúrgicos y roció cada hoja de las contenidas con escopolamina. Con delicadeza cerró la carpeta y la introdujo en uno de los bolsillos largos de su mochila. En otro el traje de tela de avión, los guantes quirúrgicos vírgenes, la pinza de presión de pico largo, la capucha del traje y los anteojos de seguridad.
Conforme, se quitó con mucho cuidado los guantes que tenía puestos, los arrojó a la bolsa de la basura. La cerró con un piolín con un nudo ballestrinque y la puso delante de la puerta para bajarla con él.
Se echo sobre la reposera del balcón. Aire fresco a esa altura de la calle. Se relajó mientras bebía un jugo de manzanas naturales. Dormitó como las cocottes en el burdel, sueños de 10 minutos, despertarse, volver a dormir otros 20…
Era noche cerrada cuando su celular hizo oir el sonido característico de una llamada privada. No miró el visor, atendió directamente.
- No te olvides la carpeta que me dijiste
- Para nada, ya la tengo en la mochila…
- Venite cuando puedas ¿estás ocupado ahora?
- Sí, ya termino algo aquí y voy para allá
- Dale…
Cerca de las 10 de la noche bajó al garaje del edificio. Depositó la bolsa de basura en el contenedor que, en la madrugada, retiraría el camión de residuos. Giró la llave del motor y éste se puso en marcha casi silenciosamente. Al salir a la calle mantuvo una velocidad lenta para el tránsito de esa hora de la noche. Prefirió estacionar fuera del lugar interno para dejar coches por gentileza de propietarios. Sería mucho menor el movimiento si entraba caminando. Menos recordable. Además, por varias situaciones en el pasado, sabía perfectamente que los registros en el libro de guardia de ingresos y egresos del complejo de torres no eran, ni de lejos, estrictos.
Caminó la cuadra que lo separaba del acceso, saludó a los que estaban dentro de la casilla que respondieron con una sonrisa mientras llamaban para pedir autorización. Les respondieron de inmediato y la puerta de barrotes se abrió.
Avanzó hacia el edificio y en lugar de entrar por el frente utilizó la entrada de servicio. Llegó al piso y llamó pulsando la chicharra. Poco después aparecía el otro.
- ¿Porqué se te ocurrió entrar por aquí?
- Porque había dos grupos de pendejos abajo que subirían a los ascensores y no quería compartir espacio –respondió riéndose.
- Es que a veces son pesados, te comprendo –avaló el otro- Dale, pasá.
Descargó su mochila sobre el sillón del living donde se trasladaron. El otro estaba ansioso por ver el contenido de aquella carpeta que le anunciara a la tarde y que, interpretó, tendría relación con el trabajo que estaba desarrollando para su presentación.
- Bueno, aquí tenés… -dijo él, tomando la carpeta del lado angosto y apoyándola sobre la mesita baja.
- A ver… -se abalanzó el otro sobre ella. Abrió, empezó a hojear, levantó la mirada hacia él con expresión de asombro en su rostro y casi de inmediato comenzó a mover su cabeza en círculos hasta que se aflojó completamente y quedó echado sobre el sillón, la cabeza ladeada, los brazos laxos.
Él actuó rápidamente. Extrajo la picana de la mochila y realizó dos descargas en el cráneo del otro. Sacudió el cuerpo y quedó aún más laxo que con el contacto con la ecopolamina.
Abrió la bolsita que contenía el traje de tela de avión. Se vistió quitándose los zapatos. Subió el cierre hasta el cuello. Se colocó la capucha y calzó los lentes de seguridad industrial. Se calzó los guantes quirúrgicos. Sacó la caja de metal con la pistola Bersa LR22, volvió a limpiarla con la gamuza y tomó las manos del otro y las apretó contra el arma. La mano derecha sosteniéndola, la palma, el pulgar… imprimió las huellas del otro. Dejó la pistola sobre la mesa baja. Tomó la carpeta, incorporó las hojas que habían quedado fuera cuando el otro se desmayó. Con la gamuza que antes rodeaba la pistola dentro de la caja de metal, limpió la mesa donde las hojas habían rozado el cristal. Luego vertió un poco de agua de uno de los vasos que acompañaron el café… y pasó nuevamente la gamuza.
Luego caminó hasta el baño y calculó la maniobra que debería realizar. Se decidió. Volvió al living y tomó uno de los almohadones de uno de los sofás y lo ubicó en el suelo.
Se paró detrás del otro que seguía despatarrado sobre el sillón y con mucha delicadeza lo levantó por las axilas con sus antebrazos, hasta que logró que sus talones calzados estuvieran sobre el almohadón. Lo depositó en el suelo con la misma delicadeza.
Buscó el colgante en la mochila, lo pasó por la capucha hasta que quedó firme, tomó la pistola de la mesa y la colgó del guardamonte. Volvió al otro que yacía inconsciente en el suelo. Lo levantó nuevamente cuidando de hacerlo con sus antebrazos para no presionar demasiado. Su fortaleza le permitía hacerlo con cierta facilidad. Logró casi poner de pie al otro sobre el almohadón y entonces, comenzó a arrastrarlo hacia el baño.
Empujó la puerta con su espalda y entraron al recinto. Sentó a su carga contra el borde de la bañera, en el suelo. Tomó el almohadón y lo devolvió a su lugar en el sofá.
Entró al baño, observó la maniobra a realizar y decidió cómo sería lo antes planeado varias veces. Colocó la puerta en un ángulo de 45º. Descolgó la pistola y la apoyó suavemente en el fondo del lávabo. Avanzó hacia el otro, lo acomodó de modo tal de poder volver a levantarlo con sus antebrazos. Ya parado, lo abrazó con ambos brazos. Se desplazó hasta quedar frente al lavabo y el botiquín.
Con el brazo colgando del otro, llevó su mano a la pistola, la ubicó en la posición de aferrarla y metió el índice en la cola del disparador. Con mucho cuidado y suavidad, comenzó a levantar la mano del otro y con ello, el brazo. Flexionó el brazo laxo de modo que la boca del cañón de la pistola apuntara a la cabeza. Acercó el acero a la piel por encima de la oreja del otro y en esa dirección de abajo hacia arriba, presionó el dedo del otro y éste, la cola del disparador. La explosión fue mínima y el proyectil ingresó, limpio, en la cabeza del otro.
Guió la caída del brazo y de la pistola, mientras caminaba hacia atrás, hacia la puerta. Se agachó para sentarlo en el suelo cuando ya manaba sangre del agujero en el cráneo del otro. Sostuvo el cadáver con la pierna derecha mientras mantuvo la puerta con la otra pierna. Lentamente hizo que la espalda del muerto se apoyara contra la puerta. Luego, caminando hacia atrás, dejó que el peso del cadáver comenzar a cerrar la puerta mientras él controlaba que fuera lentamente. Hasta que por fin, se cerró definitivamente.
Se apartó de la puerta del baño, ahora cerrada, y observó prolijamente los alrededores de esa puerta, el piso. No había rastros de nada.
Con tranquilidad volvió al living. Se quitó el traje de tela de avión que de inmediato arrolló para devolverlo a la bolsita de la misma tela. Luego hizo lo mismo con la capucha y finalmente, los anteojos de seguridad industrial. Todos fueron a la mochila.
Se quitó los guantes quirúrgicos y los arrojó dentro de la mochila junto al traje embolsado. Luego se puso los zapatos.
Miró el reloj: las 11:30 de la noche.
Se calzó otros guantes similares a los anteriores, buscó el celular del otro que encontró sobre el escritorio. Pulsó sobre la pantalla para anular el sonido de llamada y derivar todas las entrantes a la grabadora de mensajes y volvió a depositarlo junto a una pila de papeles donde lo encontrara.
Revisó el living a ver si había quedado algo fuera de lugar. Estaba todo bien. Tomó la mochila y avanzó hacia la cocina. Cuando salió del living y miró hacia la puerta del baño, se veía una marea roja saliendo por debajo.
Ya en la cocina, buscó en su mochila la pinza de presión de pico fino y largo. Hizo girar la llave de arriba de la doble cerradura, abrió la puerta de servicio, salió al pasillo y cerró. Luego, metió el pico de la pinza y apresó la punta de la llave. Cerró su puño sobre los brazos de la pinza y comenzó a hacer girar la llave hasta que el doble chasquido de la cerradura dio cuenta de que había logrado su cometido.
Guardó la pinza, se quitó los guantes que fueron a parar al fondo de la mochila. Cerró las cremalleras, la colgó de su hombro derecho, bajó al piso siguiente observando que no había cámaras allí. Ya abajo, pulsó el botón y esperó la llegada del ascensor. Descendió hasta la planta baja. Salió caminando despacio. Pasó por la guardia haciendo un gesto de saludo que los custodios no respondieron porque no lo estaban mirando. Caminó lentamente por la vereda, giró en la esquina, se subió a su coche, arrancó y partió como si estuviera en un examen de manejo.
En el camino se detuvo frente a una obra en construcción, en provincia. Sacó dos ladrillos rotos que encontró en el suelo. Volvió a su coche y los cargó en la mochila, y volvió a arrancar.
Una hora más tarde abordaba una lancha-taxi en el amarradero del río Tigre y partía hacia la isla de unos amigos donde lo esperaban, entre otras personas, su esposa y sus hijos.
Cuando cruzaban el río Lujan para encarar el Carapachay, la mochila se hundía con destino de cieno.
En el muelle techado las luces titilaban e iluminaban el lugar. Comenzó a subir por la escalera de madera y mirando hacia la casa, suspiró hondamente. Era otro el aire del río…
lunes, 19 de enero de 2015
EL SUICIDIO DE NISSMAN
Si todo se sabe, la vergüenza hubiera sido el resultado
Macrí como ramplón que es, pretendió sacar provecho
del suicidio de Nissman, aludiendo a “la violencia que vuelve a la Argentina ”. ¿De qué
habla?¿Tiene alguna otra información respecto de la muerte del fiscal que no
sea lo que todo hace suponer: un suicidio? Porque si la tuviera, excede el
marco de la muerte de Nissman. Se trataría de un crimen.
La segunda cuestión que este delincuente procesado
expresa es que los servicios de inteligencia del Estado deben trabajar para la Nacion y no tener
ingerencias extrañas, deslizando que este uso lo hace el Gobierno y que a él le
tocó ser víctima por el tema del espionaje a ciudadanos (conocida como
“escuchas”), como si le hubiesen “armado” la(s) causa(s).
Este tipo se olvida que la fuente directa de
información subaqua que tenía Nissman era un agente de la SIDE –que fue cesanteado
cuando cambió la cabeza de la Secretaría-. O
sea, el uso particular de información de inteligencia que no le correspondía lo
realizaba el propio fiscal. Incluso, aludiendo a algo que, a todas luces, es
contrario a derecho: tener información y pruebas que todavía no presentó… O
sea, que ocultó a la investigación.
Finalmente, del armado discursivo que anticipara la sommelier
Patricia Bullrrich, aludió a que el suicidio de Nissman debería ser “una
bisagra” en la realidad institucional argentina. Y por supuesto, durante toda
su disertación aprendida, bajó línea para ver si logra algún votito que le
mejore la ecuación. Deplorable.
Pero, más allá de lo que haya dicho este delincuente
procesado firme y su socia Micchetti –que no aportó nada nuevo, obvio-, el tema
básico de cualquier muerte es ver, averiguar, constatar a quién beneficia. Es el ABC de todo crimen.
Entonces ¿A
quién beneficia el suicidio de Nissman?
No al Gobierno, a quien le cargan las sospechas de
haberlo “suicidado” al fiscal.
¿Será la puesta en escena del delincuente procesado
Macri lo que se buscaba con el suicidio? No decimos que Nissman se haya
inmolado para beneficiar políticamente a este sujeto deleznable según nuestra
mirada. No. Pero sí puede haber sido inducido
fuertemente al saltar las fichas contrarias a su difundida denuncia.
¿Qué iba a
suceder hoy, lunes 19 a
las 15 horas en el Congreso? Nissman tenía que concurrir a
dar explicaciones sobre su mentada denuncia, desarmada por los hechos de la
realidad pasada, por la historia y por testimonios irrefutables. Nos parece que de haber ido al Congreso, habría sido
el último acto público del fiscal, porque como bien decía alguien, del ridículo no se vuelve.
Si la muerte
beneficia a alguien ¿Quién estaría detrás?
No es por cargarle las tintas a un mafioso que ya
bastante tiene aunque todavía mantiene el manejo de muchos jueces que no lo
llaman a declaración indagatoria a pesar de las pruebas y testimonios que lo
implican no sólo en una apropiación indebida sino en delitos de lesa humanidad.
Pero nos parece que siendo el delincuente procesado de Macri el otro de los que
apoya desde sus medios –mucho más que al manco de la provincia de Buenos
Aires-, que el fiscal haga el ridículo en el Congreso y con el anticipo de que
los diputados del FPV iban a concurrir al armado que era para pocos según el
diagrama del PRO, ponía en riesgo no ya la verosimilitud del oligopolio
mediático que conduce sino y especialmente la poca credibilidad que todavía
conservaba Nissman (en gran parte gracias a los bombos y platillos mediáticos
con que lo protegían).
Entonces, el trabajo de Nissman había concluido para
ese mafioso.
¿Era posible exponerse así, con un fiscal
desacreditado ante los legisladores que era su arma de incisión?
La muerte de
Nissman beneficia a dos bandas
Consideramos que al mafioso en su apoyo al delincuente
procesado Macri para que éste pueda lanzar las diatribas livianas escritas por
Durán Barba.
Y la otra parte de los beneficiados son… Los sionistas.
¿Qué estamos perseguidos con ellos? Sí, pero con causa
y razón.
El método nazi de la inducción al suicidio (que no fue
exclusivamente nazi pero así se hico conocer a través de la propaganda sionista
desde la II Guerra
Mundial) la han de haber adoptado y aprendido cuando el sionismo formaba toda
una escuadra dentro de la estrategia nazi y colaboraba activamente con el
Führer.
Lo cual,
tangencialmente, nos remite a Sylvia Hertch cuando escribía en Prensa Comodoro
que en un momento se les ofreció a los dirigentes judíos de aquella época, que
se llevaran a todos los integrantes de esa comunidad de Alemania. Y estos
habrían respondido lo que luego se hace patente: ellos (los judíos de Alemania
y otros países como Polonia) ya tenían la sangre sucia. Había que contar con
sangre limpia para fundar el estado de Israel que preveía Teodoro Hertzl en los
dos congresos del judaísmo de 1898 y 1899 en Basilea. O sea, el momento en el
que Hertzl funda el sionistmo.
El tema básico sobre esta sospecha es que los expertos
técnicos independientes señalaron, de consuno, que la explosión en la AMIA fue interna. O sea, el explosivo estaba dentro del edificio. Los testimonios que investigó Lanata en
aquellos tiempos, coincidieron en señalar que nunca vieron una traffic blanca en los alrededores o pasando por
calle Pasteur en momentos previos a la explosión.
Es que meses antes, antes aún de la explosión de la Embajada de Israel –que
rápidamente fue rellenada con hormigón, lo que cortó toda investigación sobre
restos del explosivo utilizado… por lo que no se pudo descartar que hayan sido
los misiles tierra-aire los que destruyeron el edificio-, había sucedido un
hecho delictivo continuado.
Israel enviaba abultadas partidas de dólares a la Argentina a través de la DAIA –presidida entonces por
otro delincuente, Beraja- a ser aplicado dicho monto, a la educación judía en
las Schule. Dos de esas escuelas
–todas funcionan como una empresa, con directorio, presidente, tesorero, etc.-
habían fallado grueso. Sus presidentes y tesoreros decidieron montar una mesa
de dinero e inversión. La comunidad cercana invirtió en ellas sin tener idea
del origen del respaldo económico de las mismas. Ofrecían un interés realmente
astronómico respecto del resto de las cuevas de gusanos que se dedican a tal
operatoria. Cuando los inversores pretendieron retirar el capital invertido,
los delincuentes de las schule entendieron que se les venía la noche. Juntaron
los muchos dólares yanquis en varios portafolios y partieron raudamente hacia
Israel, ya que en aquel estado no hay tratado de extradición con la Argentina (¿por qué
será?).
Cuando el gobierno israelita toma conocimiento de las
mesas de dinero, cortan el chorro de dólares. Esto, como se supone, afectó a
toda la línea que hacía buenos negocios con dichos montos hasta que llegaban a
cada shule.
Cuando explotó la Embajada los de Israel no hicieron más que
observar a través de los visillos de la persiana. Con lo de AMIA, avanzaron
rápidamente.
Pero no es sólo la cuestión de la defraudación y
estafa de los delincuentes que huyeron con los dólares. Hay un factor
importante que tiene adiestrados a los perros de la guerra en Oriente Próximo:
Estados Unidos de Norteamérica.
Dominemos
todo de una vez
En efecto, el objetivo de siempre fue quitarle a los
naturales de cada país en Oriente Próximo, la propiedad y disposición de la
riqueza petrolífera que yace bajo los pies de ellos. La primera cuestión
avanzando sobre la zona fue en 1947, con la carta Balfour entregando a los
judíos europeos una franja expropiada a Palestina para la generación de dicho
“estado” de Israel. La pulga en la oreja.
La compra de los jeques con sus riquezas líquidas en
“oro negro” fue fácil en la mayoría de los casos. Salvo algunos. Igual,
cooptaron y entrenaron a Sadam Hussein, a Obama Bin Laden para trabajar a favor
de yanquilandia en su “cruzada anticomunista” o cualquier otra cruzada que
cuadrara.
Pero la cuestión iba lenta y muy discutida.
Así que milagrosamente el 11 de septiembre de 2001, el
autoatentado a las Torres de Nueva York les permite, a los yanquis, montar el
relato de atribuirle a Bin Laden la autoría. Con un presidente corrupto como
Bush hijo, que accede luego del fraude en el estado de Florida gobernado por su
primo, era bien fácil guiarlo como la zanahoria al burro.
Afganistán, luego Irak, serán las víctimas del engaño.
Recordemos las “armas químicas” que ni los propios inspectores de la ONU encontraron a pesar de
haberse metido hasta debajo de la arena. Luego ese negro de alma blanca –al
estilo del cantante pero sin tanta exposición-, Powell, reconocerá que fue un
invento. Para esto ya habían arrasado Irak y bombardeado Bagdad con la
peregrina idea de destruir el lugar de nacimiento de la cultura occidental a
fin de colocarse ellos mismos en tal espacio…
Gran negociado en Irak para el vicepresidente de Bush
y la Secretaria
de Estado de aquel gobierno corrupto, con el gran cuento de la reconstrucción
de Irak –y los beneficios para la Halliburton , del vicepresidente yanqui así como
negocio para la secretaria de Estado por su relación directa y económica con
petroleras…-.
El objetivo de los yanquis, como quedó claro más de
cien veces, era dominar Oriente Próximo en los finales de la producción petrolera
(EUNA ya no produce petróleo, agotó su explotación que comenzó a mermar desde
1970). Para esto debían terminar con otros estados como Iran, Siria, Libia,
Líbano.
Para ello cuentan con otros perros, los de la CIA , infiltrados en Siria como
“liberadores”. También en Libia, hasta el asesinato de Kadafy. En Irán, aunque
les fue mal hasta ahora.
Entonces, la orden que emanó yanquilandia en 1994 fue “Acusen a Irán”. Y así saltimbanquearon
todos en aquella lamentable presidencia del riojano.
Por lo tanto, la denominada pista iraní fue la que emergió como la única.
Como acotación, vale recordar que en Londres uno de
los acusados por el lamentable juez Galeano fue detenido. Lo llevaron a la Justicia. Pidieron
las pruebas de su implicación a la justicia argentina. Ésta mandó un mamotreto.
La justicia inglesa estudió el mamotreto, de principio a fin y luego falló que no había prueba alguna que determinara que
el detenido iraní tenía o tuvo algo que ver con el “atentado” a la AMIA.
Ahí empezó a hacer agua el barco de la mentira.
En 2004 llega Nissman a hacerse cargo de la
investigación.
Desde
entonces a la fecha, la causa AMIA no avanzó EN NADA.
Entonces ¿por qué la oposición al Memorandum de
Entendimiento entre Argentina e Irán?
Ojo que se
descubre la verdad
Nos parece que ésta y no otra es la cuestión. En el
supuesto de que el gobierno de Irán decidiera convencer a los imputados para que se presenten ante la Comisión de Justicia que
viajara a dicho país para declarar, quedaría tan en claro como en Londres, la no-participación de esas personas en el
“atentado”. Si ello sucediera ¿Quiénes
quedarían expuestos?
El suicidio de Nissman va mucho más allá de lo que la
bastardía local que se mueve según los soplidos de la maffia que les paga
emolumentos no declarados, supone.
De todos modos, el suicidio sí sirve para que se
expongan tipos como Macri y algunos otros que tratarán de mojar sus intereses
en la sangre seca del baño de Nissman.
Roberto Otero
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
