miércoles, 28 de enero de 2015

UNA FICCIÓN
¿Por qué no?
El celular lo sobresaltó. Miró el reloj: las 5 de la mañana. Miró el visor y reconoció el teléfono. Atendió.
-              Hoy le doy el toque final. Mañana vos… preparate –fue todo lo que escuchó del otro lado de la línea.
Se oyó murmurar lo de qué rápido pasa el tiempo y se sintió de mil años. Fue hasta la cocina, encendió la cafetera eléctrica, fue a la heladera y sacó el jugo de naranjas natural que la empleada le había hecho el día anterior; agarró un jarro y lo llenó hasta la mitad de café humeante mientras bebía el jugo.
En la mesa del breakfast encendió la tablet y recorrió las portadas de los diarios. Lo mismo con distinto tono. Unos pegando duro y los otros demostrando refutaciones. En el medio estaba su amigo. ¿Qué dijo? No, amigo no. Estaba en buenos términos, excelentes términos con él. De todos modos no sería tan fácil…
Se duchó, jean y camisa con un chaleco fino, mochila con sus cosas y la lap que parecía una extensión de su cuerpo, un tercer brazo.
Bajó al subsuelo y dudó. Pero el día estaba radiante. Encendió la HD Router, la montó como a un potro poco amansado y mientras subía por la rampa, sintió que la vida le sonreía.
Alargó el recorrido habitual. Rodó por la Costanera Norte, subió a la Gral. Paz, llegó a la Panamericana y aceleró hasta que el viento se convirtió casi en una pared inexpugnable. Retornó a velocidad de desfile, anduvo por las calles arboladas de San Isidro, enfiló hacia la capital y por fin apagó el motor en el sector de motos de su trabajo.
No lo había llamado, pero dadas las circunstancias quedaba bien dar apoyo. Que lo vieran implicado.
Él estaba como acelerado. Dudó de que no hubiera snifado coca de la buena porque hablaba y se movía como un tipo que se hubiera bajado no menos de cuatro líneas. Pero no, él no se intoxicaba. Ni con alcohol. Parecía obsedido. El día anterior lo vio en la televisión y le dio la misma impresión. Ahora, estaba con los teléfonos a cuatro manos. Periodistas y radios. Uno tras otra. Y él dando explicaciones, justificaciones. Hasta le tuvo lástima. Parecía un cuzco asustado, temeroso, que cubría su miedo ladrando.
Lo saludó con un gesto de su mano y con el pulgar en ristre se despidió. No tenía nada que hacer allí. Él tampoco le hizo ningún gesto y no lo llamó para que se quedara.
Mientras salía del edificio buscó en su iPod alguna compañía que no fuera tan absorbente que pudiera disfrutar, en algún momento, del silencio.
Llamó. Respondió una agradable voz femenina. Acordaron. Montó su moto y arrancó. Hasta el día siguiente no lo vería. Tendría un excelente día con Maru, aquella morocha de La Biela.

Un remís se llevó a la chica. Él volvió a acostarse. Tenía tiempo. La primera cita sería cerca de las 17. Miró el reloj: las 11 y media. Bebió un vaso de agua de la jarra que la mantenía fría y se acomodó entre las almohadas hundidas y las sábanas revueltas.
Mientras se dejaba llevar por la modorra, igual repasó el contenido de su mochila. Faltaba la caja de metal. Eso iría al final. El oso de tela de avión…
Se despertó a las 2 de la tarde. Ducha rápida, dos manzanas y un café lo terminaron de poner en contacto con el espacio-tiempo. Se decidió por el coche cuando bajó al garaje del edificio, de donde salió sin apuro.
¿Cuánto tiempo hacía? No tanto. O sí. Depende de cómo se lo viera. De todos modos había sido muy redituable, sin duda. Su hermano impulsó bastante las cosas desde su ubicación estratégica cerca de la central. Ahora ya era un avezado especialista con las espaldas bien cubiertas.
El corto trayecto no demandó más de 15 minutos. En la guardia lo saludaron como a un habitual al tiempo que llamaban al departamento para avisar que él había llegado. Con la gentileza de siempre abrieron el portón para que pudiera estacionar dentro del predio vigilado.
Con la mochila colgándole de un hombro esperó al silencioso y rápido ascensor para subir, luego, a las alturas de esa torre impensable sólo 10 años atrás.
En el hall íntimo hasta el chasquido metálico de la puerta del departamento apenas si se oyó. La sonrisa forzada del hombre lo recibió, como siempre. Y como siempre fueron a sentarse al breackfast para tomar café.
Charlaron. En el tono monocorde que esfuerza un diálogo imposible, desgranaron lugares comunes que no incluyeron el estado del clima por pura casualidad.
Después de la segunda taza de café él entró en tema:

-              Me dijo que te llamó
-              Sí –respondió con aburrimiento- Lo mismo de siempre. Pero estoy mejorando algunos tramos que no redactaron bien…
-              Era un riesgo que otros lo escribieran…
-              Sí, pero no hubo más remedio. De todos modos, con las reformas que le estoy agregando y que pasan como acotaciones marginales que no necesariamente debían de estar en el cuerpo principal, quedan muchas cosas más firmes…
-              Te van a destrozar… Mirá que va la banda de ellos…
-              Sí, pero están los nuestros…
-              Ante algo errado los nuestros no podrán hacer otra cosa que sobrevivir como puedan a la andanada.
-              No es tan así. Ya verás y me verás… Te quiero allí.
-              Voy a estar, claro que sí…
-              De todos modos, creemos que lo mejor sería que sufrieras un surmenage… cosa de no ir.
-              ¿Estás loco? No puedo aflojar así. Ya bastante me tienen contra la pared porque lo demás no se movió nada.
-              Por eso mismo…
-              No, por eso mismo tengo que estar ahí, darles duro. Tengo elementos, si no probatorios, sí válidos para hacer ruido.
-              Como quieras, vos sos el que pone la cara…
-              No te preocupes…
-              No, claro que no… Igualmente, me dijo que me entregaría algo para vos, así que lo busco y más tarde lo traigo…
-              ¿Qué es?
-              No especificó pero me aseguró que te serviría y mucho
-              ¡Magnífico! Eso es lo que se necesita…
-              Te veo luego…

Salió sonriente del edificio cuando pasó frente a la guardia, como si volviera de una reunión breve pero muy satisfactoria. Los de la seguridad privada le sonrieron bobamente por emulación simple de ignorancia temática.
Estacionó el coche cerca del bar. Bajó y buscó el teléfono. Llamó.

-              Va a haber problemas.
-              No, no los va a haber… vos sabés lo que tenés que hacer ¿verdad¿
-              Sí, pero…
-              No jodas con “peros”. Si se reculó, no importa. Vos tenés todos los elementos que pediste. Lo tenés en bandeja. Cuando termines, llamame.

La comunicación se cerró con el ruido de estática. Volvió a su departamento. Revisó el contenido de su mochila. Buscó la lata de metal. Introdujo el arma. Constató que la picana eléctrica de seguridad estaba en óptimas condiciones y lista para su uso. Había cambiado levemente el plan. Por ello buscó una carpeta de cartón tipo carátula, se puso los guantes quirúrgicos y roció cada hoja de las contenidas con escopolamina. Con delicadeza cerró la carpeta y la introdujo en uno de los bolsillos largos de su mochila. En otro el traje de tela de avión, los guantes quirúrgicos vírgenes, la pinza de presión de pico largo, la capucha del traje y los anteojos de seguridad.
Conforme, se quitó con mucho cuidado los guantes que tenía puestos, los arrojó a la bolsa de la basura. La cerró con un piolín con un nudo ballestrinque y la puso delante de la puerta para bajarla con él.
Se echo sobre la reposera del balcón. Aire fresco a esa altura de la calle. Se relajó mientras bebía un jugo de manzanas naturales. Dormitó como las cocottes en el burdel, sueños de 10 minutos, despertarse, volver a dormir otros 20…
Era noche cerrada cuando su celular hizo oir el sonido característico de una llamada privada. No miró el visor, atendió directamente.
-              No te olvides la carpeta que me dijiste
-              Para nada, ya la tengo en la mochila…
-              Venite cuando puedas ¿estás ocupado ahora?
-              Sí, ya termino algo aquí y voy para allá
-              Dale…

Cerca de las 10 de la noche bajó al garaje del edificio. Depositó la bolsa de basura en el contenedor que, en la madrugada, retiraría el camión de residuos. Giró la llave del motor y éste se puso en marcha casi silenciosamente. Al salir a la calle mantuvo una velocidad lenta para el tránsito de esa hora de la noche. Prefirió estacionar fuera del lugar interno para dejar coches por gentileza de propietarios. Sería mucho menor el movimiento si entraba caminando. Menos recordable. Además, por varias situaciones en el pasado, sabía perfectamente que los registros en el libro de guardia de ingresos y egresos del complejo de torres no eran, ni de lejos, estrictos.
Caminó la cuadra que lo separaba del acceso, saludó a los que estaban dentro de la casilla que respondieron con una sonrisa mientras llamaban para pedir autorización. Les respondieron de inmediato y la puerta de barrotes se abrió.
Avanzó hacia el edificio y en lugar de entrar por el frente utilizó la entrada de servicio. Llegó al piso y llamó pulsando la chicharra. Poco después aparecía el otro.
-              ¿Porqué se te ocurrió entrar por aquí?
-              Porque había dos grupos de pendejos abajo que subirían a los ascensores y no quería compartir espacio –respondió riéndose.
-              Es que a veces son pesados, te comprendo –avaló el otro- Dale, pasá.

Descargó su mochila sobre el sillón del living donde se trasladaron. El otro estaba ansioso por ver el contenido de aquella carpeta que le anunciara a la tarde y que, interpretó, tendría relación con el trabajo que estaba desarrollando para su presentación.
-              Bueno, aquí tenés… -dijo él, tomando la carpeta del lado angosto y apoyándola sobre la mesita baja.
-              A ver… -se abalanzó el otro sobre ella. Abrió, empezó a hojear, levantó la mirada hacia él con expresión de asombro en su rostro y casi de inmediato comenzó a mover su cabeza en círculos hasta que se aflojó completamente y quedó echado sobre el sillón, la cabeza ladeada, los brazos laxos.

Él actuó rápidamente. Extrajo la picana de la mochila y realizó dos descargas en el cráneo del otro. Sacudió el cuerpo y quedó aún más laxo que con el contacto con la ecopolamina.
Abrió la bolsita que contenía el traje de tela de avión. Se vistió quitándose los zapatos. Subió el cierre hasta el cuello. Se colocó la capucha y calzó los lentes de seguridad industrial. Se calzó los guantes quirúrgicos. Sacó la caja de metal con la pistola Bersa LR22, volvió a limpiarla con la gamuza y tomó las manos del otro y las apretó contra el arma. La mano derecha sosteniéndola, la palma, el pulgar… imprimió las huellas del otro. Dejó la pistola sobre la mesa baja. Tomó la carpeta, incorporó las hojas que habían quedado fuera cuando el otro se desmayó. Con la gamuza que antes rodeaba la pistola dentro de la caja de metal, limpió la mesa donde las hojas habían rozado el cristal. Luego vertió un poco de agua de uno de los vasos que acompañaron el café… y pasó nuevamente la gamuza.

Luego caminó hasta el baño y calculó la maniobra que debería realizar. Se decidió. Volvió al living y tomó uno de los almohadones de uno de los sofás y lo ubicó en el suelo.
Se paró detrás del otro que seguía despatarrado sobre el sillón y con mucha delicadeza lo levantó por las axilas con sus antebrazos, hasta que logró que sus talones calzados estuvieran sobre el almohadón. Lo depositó en el suelo con la misma delicadeza.
Buscó el colgante en la mochila, lo pasó por la capucha hasta que quedó firme, tomó la pistola de la mesa y la colgó del guardamonte. Volvió al otro que yacía inconsciente en el suelo. Lo levantó nuevamente cuidando de hacerlo con sus antebrazos para no presionar demasiado. Su fortaleza le permitía hacerlo con cierta facilidad. Logró casi poner de pie al otro sobre el almohadón y entonces, comenzó a arrastrarlo hacia el baño.
Empujó la puerta con su espalda y entraron al recinto. Sentó a su carga contra el borde de la bañera, en el suelo. Tomó el almohadón y lo devolvió a su lugar en el sofá.
Entró al baño, observó la maniobra a realizar y decidió cómo sería lo antes planeado varias veces. Colocó la puerta en un ángulo de 45º. Descolgó la pistola y la apoyó suavemente en el fondo del lávabo. Avanzó hacia el otro, lo acomodó de modo tal de poder volver a levantarlo con sus antebrazos. Ya parado, lo abrazó con ambos brazos. Se desplazó hasta quedar frente al lavabo y el botiquín.
Con el brazo colgando del otro, llevó su mano a la pistola, la ubicó en la posición de aferrarla y metió el índice en la cola del disparador. Con mucho cuidado y suavidad, comenzó a levantar la mano del otro y con ello, el brazo. Flexionó el brazo laxo de modo que la boca del cañón de la pistola apuntara a la cabeza. Acercó el acero a la piel por encima de la oreja del otro y en esa dirección de abajo hacia arriba, presionó el dedo del otro y éste, la cola del disparador. La explosión fue mínima y el proyectil ingresó, limpio, en la cabeza del otro.
Guió la caída del brazo y de la pistola, mientras caminaba hacia atrás, hacia la puerta. Se agachó para sentarlo en el suelo cuando ya manaba sangre del agujero en el cráneo del otro. Sostuvo el cadáver con la pierna derecha mientras mantuvo la puerta con la otra pierna. Lentamente hizo que la espalda del muerto se apoyara contra la puerta. Luego, caminando hacia atrás, dejó que el peso del cadáver comenzar a cerrar la puerta mientras él controlaba que fuera lentamente. Hasta que por fin, se cerró definitivamente.
Se apartó de la puerta del baño, ahora cerrada, y observó prolijamente los alrededores de esa puerta, el piso. No había rastros de nada.
Con tranquilidad volvió al living. Se quitó el traje de tela de avión que de inmediato arrolló para devolverlo a la bolsita de la misma tela. Luego hizo lo mismo con la capucha y finalmente, los anteojos de seguridad industrial. Todos fueron a la mochila.
Se quitó los guantes quirúrgicos y los arrojó dentro de la mochila junto al traje embolsado. Luego se puso los zapatos.
Miró el reloj: las 11:30 de la noche.
Se calzó otros guantes similares a los anteriores, buscó el celular del otro que encontró sobre el escritorio. Pulsó sobre la pantalla para anular el sonido de llamada y derivar todas las entrantes a la grabadora de mensajes y volvió a depositarlo junto a una pila de papeles donde lo encontrara.
Revisó el living a ver si había quedado algo fuera de lugar. Estaba todo bien. Tomó la mochila y avanzó hacia la cocina. Cuando salió del living y miró hacia la puerta del baño, se veía una marea roja saliendo por debajo.
Ya en la cocina, buscó en su mochila la pinza de presión de pico fino y largo. Hizo girar la llave de arriba de la doble cerradura, abrió la puerta de servicio, salió al pasillo y cerró. Luego, metió el pico de la pinza y apresó la punta de la llave. Cerró su puño sobre los brazos de la pinza y comenzó a hacer girar la llave hasta que el doble chasquido de la cerradura dio cuenta de que había logrado su cometido.
Guardó la pinza, se quitó los guantes que fueron a parar al fondo de la mochila. Cerró las cremalleras, la colgó de su hombro derecho, bajó al piso siguiente observando que no había cámaras allí. Ya abajo, pulsó el botón y esperó la llegada del ascensor. Descendió hasta la planta baja. Salió caminando despacio. Pasó por la guardia haciendo un gesto de saludo que los custodios no respondieron porque no lo estaban mirando. Caminó lentamente por la vereda, giró en la esquina, se subió a su coche, arrancó y partió como si estuviera en un examen de manejo.
En el camino se detuvo frente a una obra en construcción, en provincia. Sacó dos ladrillos rotos que encontró en el suelo. Volvió a su coche y los cargó en la mochila, y volvió a arrancar.
Una hora más tarde abordaba una lancha-taxi en el amarradero del río Tigre y partía hacia la isla de unos amigos donde lo esperaban, entre otras personas, su esposa y sus hijos.
Cuando cruzaban el río Lujan para encarar el Carapachay, la mochila se hundía con destino de cieno.
En el muelle techado las luces titilaban e iluminaban el lugar. Comenzó a subir por la escalera de madera y mirando hacia la casa, suspiró hondamente. Era otro el aire del río…

No hay comentarios:

Publicar un comentario