viernes, 3 de mayo de 2019

"EN POCO TIEMPO SERÁN TRES AÑOS"

Supongo que aquellas personas que no padecen una alteración grave de sus facultades mentales habrán sufrido, aunque más no fuera un poco, la llegada a un sitio donde se encontrarían con otros pares, más o menos deteriorados, como único panorama de ahí en más.



A mí me sucedió al llegar al Hogar. El 5 de mayo. Porque lo mío no fue algo programado y progresivo sino casi como una huída de mi casa, de mis cosas.
Un viaje en coche hasta el Hogar, María Esther que nos recibe en la puerta grande -el plural alcanza a mi prima que estaba conmigo-, y a bajar bolsas y bolso. Luego, en la boca del pasillo a Enfermería estaba Pedro Pilello, el excelente director del Hogar, y una médica, delgada, morocha, alta y de buen ver. Estrechar manos y mirar a los costados. Habia yo dormido poco de modo que todo aquello, el corredor del frente con la doble hilera de viejos y viejas sentadas mirando aparatos de televisión o la nada -que es lo mismo, digo- no alentaban mucho mi ánimo.

Al final me asignaron una habitación, que desde entonces comparto con un viejo divertido, y a arreglar el armario y los cajones y la mar en coche. 

Llegó el momento del "hasta luego" y mi prima se fue en el mismo coche que nos había traído hasta aquí. Sin absolutamente nada mío, nada reconocible como mío, sin mis cosas ni mis libros, ni la computadora, ni mi escritorio ni mi todo que es nada... me eché en la cama, vestido, y me deje estar. No digo que puteando por mi "suerte" pero sí en un total estado de shock.

Poco después lo llamé a su celular a un gran amigo y colega periodista de allá, del Sur, de Comodoro Rivadavia que hoy ocupa una banca en el Senado -con alta eficacia y dignidad- y le conté dónde estaba. "Uh, no Gastón... esperá que vemos qué hacer" respondió.
Hubo varias propuestas a partir de entonces. Incluso una que consignaba ir a la quinta de Guillermo Moreno ya que éste viajaría al exterior. Propuestas inciertas, buenas sin duda, pero me sonaron a lejanas para mí.

Así me fui quedando, adaptándome de a poco. 

Por fin hubo conexión a Internet y pude armar mi equipo en el espacio que surgió de la genial idea que tuviera Pilello de montar una sala de computación para los viejos. Chapeau. Allí, entonces, comencé a respirar otro aire. Claro que cometí desaguisados, como el de hacerme llevar la comida de un restaurante social del pueblo. ¡Para qué! Hace más de 2 años de este manduque y todavía, alguna persona con voz de telefonísta del '50 o directora de escuela recuerda "Usted comió en computación"... En fin.

Por entonces, había un viejo divertido que caminaba por todos lados. Entre esos lados, solía escabullirse en "Computación". Digamos que la gracia ahí medio que se perdía porque, además del peligro que significaba para los CPU instalados -que fueron donados oportunamente por YPF-, estaba mi equipo. Que no será mucho pero reponerlo, en caso de daño, significaría, por entonces, más de 30 mil pesos. Plantée este tema en la dirección y Claudio Irigoyen -el eficaz hombre con el que cuenta el Director para arreglar cuestiones en el Hogar así como para llevar las cuentas- puso manos a la obra, instaló una cerradura en la puerta de acceso y se solucionó el tema de las incursiones "clandestinas".

Habíamos acordado que la llave quedaría, oculta, sobre un mueble en la zona aledaña a la sala de computación. Así funcionó hasta que la llave, por un birlibirloque, desapareció. Claudio se ocupó de hacer otra llave -la actual- y en previsión, conservó otra para él. Así, todos contentos y tranquilos. Es decir, con esto quiero significar que nunca la sala queda cerrada para su uso porque llaves de acceso hay y se usan.

Desde ese rincón surge la Revista Árbol de Vida, de tumultuosa publicación. Es que no se cuenta con medios económicos suficientes como para mandar los originales a una imprenta. Así que, como se puede, se imprimen y salen. A pesar de que en la inauguración -y delante del arquitecto Carlos Ronda, nuestro Intendente- un diputado nos aseguro que él se ocuparía, que eso era una pavada. Una vez lo hizo. A la siguiente, al mejor estilo de Herrera, se borró. Por eso, actualmente y con la impresora que se obtuvo para ese exclusivo fin, imprimimos en la Sala de Computación, como lo hicimos con el que hoy día está en circulación.
Al respecto, agradecemos las constantes manifestaciones y muestras de plácemes por dicho boletín. En lo que a mí me toca, gracias. Mejoraremos, sin duda alguna, por aquello de que en la marcha se acomodan los melones.

Pero además de al Dr. Pilello, personalmente mi agradecimiento por estos pequeños logros es para el arquitecto Ronda. Sin su explícito apoyo nada se habría podido lograr.
Aquí la corto, pero ya estamos por cumplir nuestro 3er año en el Hogar y, aunque no me lo crean, cuando voy a Mar del Plata a hacer algún trámite, siento la necesidad de volver al Hogar. De a poco se va haciendo carne en mí. Cada cuál tuvo y tiene su historia. La mía no fue una comedia romántica pero tampoco un drama de la serie negra: estuvo entre las dos, a veces con mayor preeminencia de una que de otra. Así que si en algún momento me ven con gesto adusto y mirada perdida no es que tenga bronca con nadie, salvo conmigo mismo.
Saludos y gracias por leerme.

Gastón Dolard

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