lunes, 3 de agosto de 2020

PEQUEÑOS DELINCUENTES EVASORES, GORILAS Y MACRISTAS, SIN DUDA.



Un querido amigo que vivía en una casita alquilada en Santa Clara del Mar, partido de Mar Chiquita, allí cayó por la proverbial intervención de una parienta que, a su ve, vivía –vive- en Mar del Plata. Cosas casuales, en uno de los embotellamientos de tránsito frente a uno de los supermercados VEA, protestando por el bloqueo, el viejo que manejaba otro coche, se une a la protesta y se planteó una especie de simbiosis entrambos por ser, cada uno, liberales o, mejor dicho, gorilas, con distintos tonos de pelaje.

Allí a esa casita fue a parar mi amigo. Obvio que cuando venían las hienas a comerle el hígado en el departamento que él ocupaba –alquilaba- en Mar del Plata, la aparición de un lugar donde vivir dignamente le pareció la solución ideal. Que si fuera creyente habría dicho el consabido “me lo mandó dios”.

Eran vecinos en serio, parecita medianera de por medio. El hombre, a pesarde su gorilaje, era calmo o no se animaba mucho. Mi amigo bajaba líneas sobre lo que el gobierno de Cristina hacía a favor de los necesitados y otras cuestiones más complicadas de la economía, la educación y la salud.

El caso es que mi amigo publicaba un portal donde la doctrina nacional Justicialista era la aplicación de lo que el kirchnerismo realizaba cada día. Por pincharlo al vecino, le mandaba las actualizaciones diarias a su mail. Crease o no, muchas de esas actualizaciones las aprobaba sinceramente.

Es que el tipo había trabajado en “Correos y Telecomnicaciones” y de allí había formado un buen capital de respaldo, digamos.

Así las cosas, charlando y tomando mate, se enojó porque “unos bolitas de mierda” se habían instalado casi en la esquina de la misma calle donde daban los frentes de su propia casa y el jardín de la de mi amigo. Puteadas sin reserva por ser los que “vienen a sacarnos el trabajo” y toda la monserga xenófoba.

A todo esto, esas dos familias bolivianas habían levantado un pequeño y coqueto complejode tres chalets en madera, de dos pisos, con frente de jardín, cochera, una maravilla. O sea, laburo en serio. Para colmo, a unas dos cuadras hacia el mar, los mismos bolivianos habían comprado un terreno donde erigían otros chalets. Laburaban, eso era todo.

Furioso estaba el gordo gorila. No sabía, mi amigo, de qué vivían para tener una casa como la que tenían y dos hijos gordos –recalco por el consumo de proteínas diarias- y otro hijo, del primer matrimonio, idóneo en mecánica de motos, drogón y hallador, según dirían los santiagueños: “hallaba las cosas de otros antes de que se les perdieran”. Un tipo preso es un presupuesto. Bueno, el nene había salido.

La mujer de tal sujeto, del gorila grande me refiero, se quejaba porque no recibía la AUH pero el Estado es tonto a veces pero no boludo. O sea, no le correspondía cobrar esa ayuda para quienes realmente la necesitaran. Así que la mujer a las puteadas con Cristina (obvio).

Pero resulta que llega a Santa Clara una especie de brigada de impuestos inmobiliarios. Va el gorila, con cara de condenado a la horca, a pedirle a mi amigo que no diga que esa casa, la que alquilaba, era suya. Y ahí explicó que tenía  5 casas para alquilar (turismo) además de una especie de gran galpón de material que servía como garaje, taller; una casa en la esquina que abarcaba las dos calles; otra casa detrás de la propi, con un terrenazo y un terreno que pretendía ser de un desconocido que vivía en Bahía Blanca pero era de él. Así también, un coche 2015 importado; el otro coche que lo hacía trabajar de remise; una de esas motos de cuatro ruedas para correr por la arena, grande, un camión con volcador y otros bienes jamás declarados. O sea, el liberal republicano, gorilón, era un evasor importante.

No obstante, ese tipo tuvo el tupé de denunciar a los bolivianos. La respuesta la dio mi amigo, al denunciar, con fotos y bocetos, al alegre evasor.

No es para nada halagador esto de denunciar, pero tal calibre de putrefacción creo que no merecía otra cosa por parte del Estado al que estaba estafando.

Luego, llegó insólitamente el delincuente Macri y mi amigo duró apenas un mes más en esa casita, porque vino el aumento de alquiler y las publicidades en su portal flaquearon hasta la inanición.

Lo que siguió es otra historia, pero si escribí esto es para mostrar, con el gorila de la historia, cómo piensan y actúan los proto-delincuentes que votaron al delincuente mayor.

Hasta otra.

Roberto Otero

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