viernes, 3 de septiembre de 2010

POR SI CUPIERAN DUDAS...

Los peronistas no fuimos montoneros


“Nosotros somos justicialistas. Levantamos una bandera tan distante de uno como de otro de los imperialismos dominantes. No creo que haya un argentino que no sepa lo que ello significa. No hay nuevos rótulos que califiquen nuestra doctrina ni nuestra ideología: somos lo que las veinte verdades peronistas dice... Los viejos peronistas lo sabemos. Tampoco lo ignoran nuestros muchachos que levantan nuestras banderas revolucionarias. Los que pretextan lo inconfesable, aunque cubran sus falsos designios con gritos engañosos, o se empeñen en peleas descabelladas, no pueden engañar a nadie”.
Juan Domingo Perón, 21 de junio de 1973

Desde 1955, el peronismo fue resistencia al autoritarismo, a la opresión y a la entrega del patrimonio nacional. Resistencia que tuvo su primer hito con Uturunco y la toma de una comisaría santiagueña y, luego, con la infiltrada resistencia armada que pretendió el General Juan José Valle y la pléyade de militares y civiles que murieron merced a la traición y el odio gorila de un enano almirante, negro como una hormiga a quien, años después, la comadreja riojana reivindicara para su agenda de infamias cometidas.

En el decurso hubo intentonas constitucionales que fueron frustradas por el incipiente partido militar, por un lado, y el petrolero ucrista, por el otro. Después, una sucesión de peleles manejados por bayonetas de macramé hasta la asunción de un bigotudo generalote con ansias de virrey, en 1966. En ese período también emergieron las margaritas a las que aludía Perón y no pocos creyeron poseer el don carismático del conductor, tal como aquellos cacatúas que pretendían la pinta de Carlos Gardel. Sin atarnos a los mástiles de ninguna barca, los peronistas no nos dejamos envolver por el canto de ninguna de las múltiples sirenas que rondaron esa barca inexorable que culminaría con el General de vuelta a la Argentina y, después, a su tercera Presidencia. Aunque justo es reconocer que a lo largo de ese período inconstitucional y nulo que surge en 1955, las alianzas tácticas tuvieron la eficacia de corroer las sucesivas dictaduras cívico-militares (principalmente integradas por la primera parte del dicho binomio, por radicales balbinistas y socialistas de Ghioldi, además de los consabidos invitados permanentes). O sea: si de fierros se trataba, todos eran buenos porque ningún arma lleva el escudo ideológico impreso. Y el objetivo era torcerle el brazo a la dictadura, lo cual, sucesiva y progresivamente, se logró.

Ello no significó que los peronistas dejásemos de serlo sólo por participar, eventualmente, en alguna opereta con militantes de otras agrupaciones de ideologías tan antagónicas como el agua puede serlo del aceite. Por otro lado, cualquier otra agrupación o formación era tan clandestina como el propio peronismo que fue excluido de la vida democrática y republicana a partir de decretos y restricciones de todo tipo e índole.

Cuando El Viejo retorna a la Argentina se produce el primer enfrentamiento abierto y terrible en Ezeiza, donde queda muy en claro para qué lado pateaba cada cual. Porque, recordemos, que después del 11 de marzo de 1973, las formaciones marxistas, leninistas, troskystas y demás, continuaron cometiendo atentados terroristas. El regreso de Perón se concreta, recién, el 20 de junio de ese año.

Luego, Perón convoca a las diversas organizaciones a Olivos y es allí donde se produce la ruptura entre el Peronismo y Montoneros. Allí, en el salón de Olivos, Perón expresa que en el justicialismo él era quien "mandaba". Los montoneros se proclaman "socialistas" y el Líder les dice, entonces, que ningún problema pero que se vayan con los socialistas. Así de clarito.

Las elecciones para elegir Presidente y Vice -luego de las renuncias de Cámpora y de Solano Lima- se dan el 23 de septiembre de 1973. Dos días después, acribillan a José Ignacio Rucci y es Montoneros quien se atribuye el asesinato.

Montoneros pretendió hacerse de la figura de Evita a la que le atribuían la hipotética posición de ser "socialista" si ella viviera. ¡Tan luego Evita! Si no hubiera sido tan trágico, daría risa.

Fueron tan funcionales a los militares Montoneros como la triple A. En el medio, como mortadela del sándwich, los peronistas que, por definición, jamás podrían haber sido montoneros ni lopezrreguistas. Pero los peronistas, sin duda, defendíamos al gobierno de Perón y, con su impulsada muerte el 1º de julio de 1974, al de Isabel Perón. Sin dudar, sin eufemismos, sin ninguna "justificación" más que ser peronistas y estar defendiendo a un gobierno peronista.

La subversión era y fue eso mismo. Cuando Perón vuelve a la Argentina, había que dejar los fierros. Pero como no había base para esto, las "formaciones" siguieron empuñándolas y, de este modo, atentando contra el gobierno popular de Cámpora primero y de Juan Perón, después.

Claro que era imposible, casi, acordar con los integrantes de las formaciones marxistas. Marxismo y Peronismo no se llevan nada bien, aunque la revolución justicialista sea mucho más concreta y efectiva que el marxismo.

Cuando el 24 de marzo de 1976, comandados por José Alfredo Martínez de Hoz bajo las mandas del Consenso de Washington, secuestran a la Presidenta y comienza la más cruel y asesina dictadura cívico-militar de que se tenga memoria en el siglo XX, todos, peronistas, marxistas, montoneros, erpianos, todos pasamos a ser resistencia. Ya no podía, seriamente, designarnos como subversivos ya que la subversión inicial fue de esos militares y civiles que usurparon el cargo constitucional, pisotearon a la Constitución, anularon al Congreso, a las organizaciones sindicales, políticas, sociales; que impusieron toque de queda, ley marcial, secuestros, torturas y asesinatos masivos, con la complacencia y complicidad de los civiles que los alentaron habiendo estos, incluso y desde sus posiciones de poder relativo, extremado las circunstancias de inseguridad e inflación así como de atentados que no siempre fueron "terroristas" antes de marzo de 1976.

Por ello fue que todos volvimos a ser resistencia ante la opresión de una dictadura cívico-militar que ejerció el terrorismo de Estado a mansalva. No hubo una guerra, aunque algunos cooptados por la milicada y los intereses económicos que los propiciaron en su momento, así lo declaren desde una sospechosa supervivencia europea.

Con el tiempo, el desgaste, la infamia de la Batalla de Malvinas y la decrepitud de un régimen que enlutó a miles de familias argentinas y nos legó la memoria activa de pedir Justicia y Castigo para esos asesinos, llevaran uniforme o trajes de corte impecable, con el tiempo entonces, pudimos comenzar a restañar las heridas de nuestros combates. No para aceptar a aquellos que fueron los responsables de la matanza y desaparición de 30.000 personas, sino con los que, habiendo nacido de un tronco común allá en los 70, se alejaron de las 20 Verdades e hicieron caso omiso a la Doctrina Nacional Justicialista.

Hoy día, quienes fueron montoneros podrán recordar a sus muertos, como es lícito y justo hacerlo, pero progresivamente forman parte de un gobierno -sea en cargos efectivos o por adhesión ciudadana- que es, sin duda, un gobierno peronista.

Pero no por esto se puede decir sin mentir, que los peronistas fuimos montoneros. De ninguna manera.

Que estén bien.

Roberto Otero

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