jueves, 26 de diciembre de 2019

EL CIANURO DE LA VIDA


EL CIANURO DE LA VIDA




Hay que ver lo que es Mendoza capital para entender cuál fue la lucha de aquel pueblo que devino la actual realidad de esa provincia tan dubitativa en argentinidad. Mendoza era un desierto y el agua, un bien más preciado que el oro. El tesón de sus gentes logró que la capital de esa provincia sea una muestra exultante de todos los colores de verde, arbolada y con un parque San Martín que nada tiene que envidiarle a otros parques de la Argentina o del mundo.

Políticamente, Mendoza fue y es una lucha entre radicales y gansos donde el peronismo apenas puede mojar el borde del plato en esa salsa tan sabrosa. El anterior gobernador fue el que actualmente pretende hacerse de la comandancia de las tropas dispersas del macridestructivismo o Cambiemos (que cambiará su nombre, posiblemente) Alfredo Cornejo es el personaje y su sucesor y actual gobernador, es un sobrino de éste, Rodolfo “Rody” Suárez.

El caso es que entre radicales pero no tanto y peronistas ni me acuerdo, firmaron un pacto para dar libre paso a la reforma de la ley 7722 que legisla sobre la protección del agua dulce en la provincia. Esto no fue para ahondar la protección sino para desecharla dado que a partir de dicha “reforma” o me olvido de vos, las mineras podrán avanzar sin otro impedimento que las mayores o menores ganas de llevarse lo que quieran a costa de lo que sea.

En Chubut y con la Barrick Gold sucedió lo mismo. En tiempos del ultracorrupto Mario Das Neves y su banda de afanancios funcionariales, se pretendía autorizar a la dicha minera a explotar el yacimiento con un procedimiento que incluía, como componente determinante, al cianuro. La de Mendoza, tal como la chubutense: utiliza cianuro para la separación del oro que extraen (que, entre paréntesis, por obra y saqueo de Macri, Mauricio, no pagan retenciones o sea que el Estado perdió 8.000 millones de dólares de entonces, hace menos de 3 años, y la Argentina termina pagándole casi un 20% a la exportación del dorado mineral).

No conocemos ningún preparado magistral que contenga cianuro y que no sea para joderle la vida a alguien. O sea, el cianuro no sirve para la vida y, naturalmente, es sinónimo silencioso de muerte. Fuera de esto, que no para olvidarlo, el cianuro se cuela entre las capas y llega al agua dulce, contaminándola definitivamente.

El actual ministro de Medio Ambiente, Juan Cabandie, expresó sobre el particular que la decisión sobre la ley 7722 y demás atinentes es de la órbita del gobierno mendocino. Este rapto de federalismo a contrapelo no admite la más mínima razón favorable desde el más humilde sentido común. O sea, si se contaminan las napas de agua dulce con cianuro, es obvio que hay que detener la contaminación antes que hurgar en registros leguleyos y chicanas apropiadas para no intervenir decidida y definitivamente en un acto punible por la Constitución Nacional, aunque Cabandié ni se enterara del tema.

No se trata de troskos ni izquierdistas buscando prensa al divino botón (por no decir “al pedo”) sino que es un tema grave de toda gravedad y no sólo para los mendocinos sino para todos los habitantes de la Argentina. Contaminar agua potable es un crimen terrible que alcanza, en primer lugar, al responsable máximo del área contaminada, o sea, el propio gobernador de Mendoza. Y después seguirá con los cómplices y facilitadores tanto como con los instigadores. En esa razzia caen todos los verdaderamente responsables y ahí se terminó la joda.

Pero no. Buscando que el título sea “Cabandié respeta el federalismo”, el citado funcionario nacional se sienta lejos de la mesa de debate, no sea cosa que ¿qué? ¿Quién podría tirarle de las orejas si actuara como se espera que lo haga? ¿Las mineras? ¿El presidente? ¿Ambos?

Lo de Mendoza debe cortarse ya, antes de que sea demasiado tarde y lloremos, como siempre, sobre la leche derramada. No sé si ameritará la intervención federal a la provincia, pero ALGO HAY QUE HACER para evitar la segura e inexorable contaminación del agua dulce que derivará de continuar esta bestialidad autorizante.

Roberto Otero

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