
Amadeo Carrizo en una de sus atajadas, en la ocasión, frente a Independiente.
La foto tiene copyright de Página 12 en su edición de hoy, 21/03/2020
Uno juega con la ilusión de que aquellas
personas que conoció –y que amó—desde su niñez, gozan de una inmunidad a prueba
de todo y siguen tan vivas como se las recuerda en ocasiones de pasear, con no
poca nostalgia, por ese pasado que si no fue de rosas bien se le atribuyen en
el momento de rescatarlo.
Amadeo Carrizo fue el eje importante de
esa novedad inmensa cual fue la ida al estadio Monumental de River Plate, con
platea propia al lado de la de papá, a cubierto de las inclemencias del clima
bajo ese techo extraño y escalerado que era, en realidad, el piso de la popular
de ese sector de la cancha. Creo que era el sector San Martín, a la izquierda
del hueco circular que le faltaba al anillo del estadio y que por tal se lo
había bautizado “la herradura”.
No recuerdo contra cuál equipo jugaban los
de la banda, pero lo que quedó patentizado en mi memoria fue la figura de ese
grandote, de camiseta larga de amarillo desteñido y guantes, que impedía que la
pelota entrara en el arco que defendía. Atajadas increíbles por los saltos,
estiramientos, y aún por el invisible imán con el que detenía disparos a
quemarropa con una sola mano estirada hacia el ángulo de las ánimas de su arco.
Amadeo atajaba pelotazos desde todos los
ángulos posibles y no sólo con sus manos. Usaba su pecho, las piernas, los
pies; salía a detener al delantero rival como un defensor más y hasta se dio el
gusto de gambetear a un ídolo boquense como Borello, en un partido con el
eterno rival de la azul y oro.
Su bonhomía trascendía el deporte para el
que se preparaba y entrenaba con dedicación estricta, e impregnaba los actos de
su vida pública y, a ramalazos, de la privada. Un buen hombre, un gran tipo fue
Amadeo y esto hacía que su figura, como el casi imbatible arquero de River, se
agigantara en el afecto de los hinchas. Porque como bien dice Daniel Guiñazu en
Página 12, no tenía admiradores sino hinchas. Me parecía normal por entonces
pero luego, pateando baldosas como almanaques, me di cuenta de que no eran sino
los grandes aquellos que gozaban del privilegio de sentir el sincero afecto de
los hinchas. No ya sólo de un club sino de él mismo. Amadeo fue el indubitable líder
en ese determinante aspecto.
No soy quién para escribir algo más sobre
ese inigualable y querible personaje que fue Amadeo Carrizo, responsable de
tantas alegrías de quienes seguíamos al “glorioso River Plate”, como creo que
dice la marcha del club. Estos párrafos son, más bien, como un más que humilde
homenaje a un deportista cabal, un maestro de maestros y a nuestro querido y
siempre bien recordado arquero: ¡Gracias Amadeo!
Roberto Otero
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