martes, 24 de marzo de 2020

EL FAMOSO PENTOTAL Y LA INFORMACIÓN SOBRE DESTINO FINAL



Secuestrar a una persona es un delito federal Encubrir al secuestrador es el mismo delito, con la misma pena.  Si se produce, a partir del secuestro dado, un daño permanente en otras personas allegadas a la víctima, se supone que ha de agregarse más pena a la sentencia por dicha acción colateral. En suma, secuestrar es un delito importante y el Estado Nacional debe realizar cuantos actos sean necesarios para esclarecer el hecho así como sancionar a los responsables directos, indirectos, autores intelectuales y toda la gama de complicidades que haya ocupado el acto antisocial para ser perpetrado.

Saltando de visión, observamos que en el tan mentado Israel, desde hace más de 30 años, se autorizó a la tortura cómo método de interrogación. La justificación fue que se encontraban en situación de guerra y ellos, Israel, era la víctima de ese infortunio. Sin ahondar en las mentiras válidas ni las cobardías hincadas, apoyándonos en la admiración que parece invadir al Presidente y a su equipo respecto del citado país -- el que fuera montado en territorio ajeno—y dado que aún no ha quedado claro qué sucedió con muchos, muchísimos de los secuestros habidos en nuestra esquilmada patria por parte de disfrazados de militares, que en lugar de defender al pueblo de la agresión exterior se convirtieron en banda de invasores que persiguió y mató a mansalva bajo las órdenes de un representante de la banca internacional (que fue su verdadero jefe), proponemos que se escriba la página final por vía de los juicios a los represores genocidas todavía vivos.

La propuesta es que a cada uno de ellos, sin distinción del lugar, repartición o función que pudo caberles durante el asalto al poder Constitucional, se les apliquen los centímetros cúbicos que determinen los médicos para que, luego y alegres como mariposas en primavera, comiencen a relatar todo lo que saben, todo lo que hicieron, todo lo que les mandaron hacer, y todo lo relacionado con sus respectivos pasos por la maltrecha institución armada de aquella época.

Así, entonces, se logrará saber dónde están los cuerpos de los desaparecidos que fueran asesinados por esa manga de infames hipócritas genocidas, y se pondrá realmente final a la angustia permanente de abuelas, madres e hijos de aquellos infortunados jóvenes que fueran muertos, bajo las condiciones más abyectas, por esa gentuza con poderes omnímodos sobre la vida y la muerte de los habitantes de esta fenecida república.

Para los viejos no significará otra cosa que un viaje por el país de las maravillas y para los que no fueron inyectados, constituirá la obtención de esa información que cada preso guarda con la malicia y la hijoputez propia del ser represor.

Empecemos el nuevo mundo que nos espera después del COVID-19, sin tanta lacra de arrastre.

Roberto Otero

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