No estamos programados para responder con inteligencia a los nuevos desafíos.
El
ser humano es un animal de costumbres. Eso afirma la cultura popular y la
dinámica de nuestro entorno lo ratifica. Nunca el planeta había experimentado
una amenaza sanitaria de tanto poder como para transtornar de modo rotundo la
vida cotidiana de la Humanidad en pleno. El Covid19 nos da una lección que aún
no estamos preparados para aceptar y mucho menos para comprender. Hoy, nuestros
hábitos tan profundamente arraigados nos impulsan, una y otra vez, a desafiar
la lógica y romper el cerco impuesto por esta amenaza invisible y poderosa.
Las
guerras y el hambre nos tienen habituados a abstraer la muerte y convertirla en
cifras y estadísticas carentes de sentido. Preferimos observar la desgracia de
otros desde nuestro pequeño rincón y asumir que la responsabilidad es ajena –no
sabemos de quién ni cuánto- con el objetivo de no enturbiar nuestro pedazo de
mundo y sufrir lo que no nos corresponde. Pero la ola nos está tocando de cerca
y no solo por la fuerza de un cambio climático real y catastrófico, sino por
habernos transformado en piezas independientes de un mecanismo social incapaz
de funcionar como un todo.
En
unos pocos días, una parte del mundo celebrará otra Navidad y otro fin de año,
rodeado de la amenaza sanitaria más extrema a la cual nos hayamos enfrentado
jamás. Sin embargo, henos aquí planificando cómo hacerle el quite a las
restricciones e ignorando los consejos y advertencias de los expertos. Las
reuniones de las próximas dos semanas –queramos aceptarlo o no- tendrán
consecuencias importantes en letalidad y colapso de la infraestructura
hospitalaria durante los próximos meses y esta amenaza, aun cuando nos parezca
una exageración, en realidad se ha manifestado como un círculo vicioso de
aperturas y restricciones desde el inicio de la pandemia.
Los
países desarrollados ya cierran sus puertas una vez más ante el incremento
sostenido de contagios y decesos. En los países en desarrollo, la
vulnerabilidad institucional, política y económica ha puesto en grave riesgo a
las grandes masas de ciudadanos privados de asistencia social, de alimentación,
de vivienda y acceso a los servicios básicos. Ahí estamos nosotros, observando
desde nuestro pequeño reducto doméstico cómo se desmorona lo poco que resta de
seguridad y especulamos, sin mayor información, sobre el efecto milagroso de
una vacuna que tardará meses en llegar a cubrir a toda la población y de la
cual nada nos consta.
El
impulso de reunirse con la familia en estos días quizá lleva el ingrediente
–consciente o no- de celebrar lo que podría ser una última ocasión. En el
fondo, sabemos que la amenaza es real, pero la fuerza de la costumbre es mucho
más poderosa y nos llevará a desafiar al destino asumiendo tanto un riesgo
personal como ajeno, ya que nuestros padres, abuelos, hijos y nietos serán
expuestos por un exceso de sentimentalismo en una celebración que, por creer la
última, con nuestra irresponsabilidad la convertiremos precisamente en eso.
Es
imperativo entender el riesgo implícito en la ruptura del cerco. El único
mecanismo comprobado hasta ahora para detener a un virus que se extiende como
mancha de aceite, es evitar el contacto con otras personas, mantener un
estricto protocolo de limpieza y desinfección, usar una mascarilla eficaz de la
manera correcta y aceptar el hecho tan inquietante de que hemos perdido muchos
de nuestros derechos y libertades por un fenómeno imposible de comprender en
toda su magnitud. El mundo al cual estábamos acostumbrados ha cambiado y con
ello también enfrentamos un escenario totalmente desconocido. Quedémonos en
casa.
Romper el cerco nos
puede inducir a arriesgar la vida de otros.
elquintopatio@gmail.com @carvasar
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