Esas
máscaras que nos han obligado usar a todos, seamos contagiados o sanos, obvio
que pululan en la mayoría de la población que tiene la suerte de poder salir a
la calla; aunque sea para hacer mandados, pero ya es como mojar el pan en ese
guiso lejano que es la libertad individual.
Pues
bien, el caso es que mirando y escuchando al médico guatemalteco Wilfredo Ramón
Stokes Baltasar, comentaba, no sin asombro, que a pesar del hecho restrictivo
que impide que los que tienen coche salgan a sus anchas, o sea que el tránsito
citadino está excesivamente reducido, a pesar de ese hecho, se multiplicaron
los choques. Nada grave, en su mayoría, pero sufrieron las chapas de esos
vehículos; sea por roces, golpes, rayaduras debidas, sin otra justificación que
al mal cálculo. Algo así como no poder establecer, mientras se avanza con el
coche, la velocidad del otro vehículo que cruza la esquina o bien, el espacio
para superar al coche que roda delante.
¿Qué podría ser?
El
citado médico dijo claramente que el hecho de llevar tapaboca por períodos
prolongados, no sólo produce la inhalación de la función respiratoria al
expirar cual es deshacerse de la “basura”, digamos, sino que, a la vez, esa
respiración con tapabocas provoca hipoxia (Se presenta
cuando no llega suficiente oxígeno al cerebro. El cerebro necesita un
suministro constante de oxígeno y nutrientes para funcionar. La hipoxia
cerebral afecta las partes más grandes del cerebro, llamadas hemisferios
cerebrales. Sin embargo, el término con frecuencia se utiliza para referirse a
la falta de suministro de oxígeno a todo el cerebro. Ver Causas)
O sea,
que exhalamos CO2 (dióxido de carbono) y volvemos a inspirarlo junto al aire
que, dificultosamente, llega a través del paño que nos tapa nariz y boca.
Esta
circunstancia provoca, en el individuo, progresivamente, una agradable
somnolencia, como sucede –ya en caso grave- cuando una familia calienta su dormitorio
con un brasero. En este último caso, mata; en el del paño tapador, provoca
somnolencia.
Por
ende, el individuo se intoxica con el tapabocas, con CO2. Afecta,
necesariamente, su cerebro, sus neuronas. De aquí, entonces, que se provoque
fallas de cálculo cuando, como es el caso, el conductor de un vehículo debe
calcular, casi instantáneamente, si hay espacio para pasar a otro coche o si el
suyo podrá pasar antes del que cruza o aún después de que cruzó y hacerlo, “normalmente”
después.
¿Hay otro tipo de tapabocas?
Claro
que sí, pero no son visibles fácilmente, ¿De qué hablamos? De la CENSURA.
Como
las brujas que no existen pero que las hay las hay…
¿Dónde
se verifica la censura? En determinados programas de Internet. En aquellos en
los cuales los internautas publican su opinión, investigaciones, hechos de la
realidad, inclusos sus propios sueños. Ahí se verifica muy claramente.
¿Por
qué censurarían esas publicaciones en varias plataformas de la Red? Hasta
ahora, principal y casi excluyentemente, se verifica en archivos subidos por
parte de personas especializadas en tal o cual disciplina científica que están –y
demuestran por qué lo están- en total desavenencia con el relato oficial de la
llamada pandemia a la que nosotros adherimos en denominar Plandemia.
Otro
tanto –dentro del mismo grupo ni reunido ni organizado- con la mención del
dióxido de cloro. Substancia, ésta, utilizada hace más de 40 años en la
desinfección de bolsas de sangre para transfusiones; desinfección del agua para
hacerla potable; en limpieza de dientes y hacer buches; sobre las heridas en el
cuerpo; y un largo etcétera. (Nota: Ojo, no confundir con legía o lavandina por
lo de purificar el agua. La lavandina quema y mata, atención).
¿Cuál es, entonces, el motivo o la razón –si pudiera
existir ésta última- para que, casi alocadamente o, mejor dicho,
dictatorialmente se persiga a dicha substancia? Porque está comprobado
que es un eficaz y eficiente elemento para curar el bicho que anda por
ahí y que dio pie para la declaración, falsa, de pandemia.
Pero, ¡caramba! Por qué los organismos
internacionales, como la que está a tope de la salud mundial y cuyo director no
es médico ni investigador ni nada, sólo integrante de una fundación y empleado
de otro capitoste, también mundial, que se especializó –con y desde esa
facilidad militar que hoy es Internet.
¿Por qué esa persecución?
Ya lo hemos dicho: porque es eficiente para la cura
del bicho falsamente pandémico.
Pero, de ser así –como se comprueba a diario, incluso
se sancionaron leyes que permiten la venta del específico (Bolivia)- ¿Por qué
oponerse, esas organizaciones mundiales, a difundir con mayor enjundia la
predicha substancia de tan poco costo para cualquiera?
Dicen que decía don Escobar Gaviria que todo lo
prohibido es plata, dinero. La psicolgía alude a que la prohibición lleva al sujeto
humano a transgredirla. Ya en ronda de café, no es inusual escuchar aquello de
que si está prohibido habría de probarse.
¿Entonces?
Vamos al tema.
Por mandato de esa organización mundial antes
mencionada y que regimenta la salud
de los habitantes, a los que resulten infectados por el bicho que no mata, para comprobar si
algún individuo fue alcanzado por dicho bicho, se le práctica, en primer
término, una constatación. La misma se realiza mediante la aplicación de un detector –que le valió a su inventor Kary
Banks Mullis, el Premio Nobel en Medicina (fallecido
recientemente, el pasado 17 de agosto de 2019). Puesto, el inventor, en
autos, no tuvo ningún empacho en declarar qué si seguía utilizando su
descubrimiento para detectar un bicho en
particular, él, el médico, devolvería el Premio Nobel. ¿Por qué? Porque
dicho método de constatación no sirve para detectar un bicho en particular
sino que muestra un grupo de bichos que cada individuo lleva, llevamos. Por lo
tanto, si el resultado de la constatación por dicho método resulta positivo, este resultado es falso si se
usa para decir que ese sujeto está infectado por el bicho que no mata.
Entonces, al positivo
se lo declara infectado por el bicho y se le dan dos específicos farmacéuticos.
Si en el curso de esa situación, el individuo empeora, pasando de ser de un
agudo a un agudo grave, se le seguirán dando los mismos específicos, se lo
aislará en una terapia intensiva y, finalmente, se decidirá aplicarle el respirador, con lo que lo matarán sin
remedio.
¿Pero esto es tan así?
Comentaremos lo que fuimos aprendiendo, básicamente,
claro, del sinnúmero de médicos, virólogos, epidemiólogos y tantos otros
profesionales de la salud, respecto a qué es el bicho con nombre propio.
Hay un tema, antes de llegar a ello. La aludida organización
mundial que supuestamente se ocupa de la salud de nuestro mundo, entre las
barbaridades que difundió en carácter de protocolo
–a cumplir por los médicos tratantes y funcionarios políticos- estableció que,
primero, no se debían realizar autopsias y, segundo, cremar los cuerpos de los
supuestos infectados por el bicho que no mata.
Hubo médicos que analizaron lo absurdo de tal
protocolo y realizaron autopsias a los muertos que estaban caratulados por el bicho. (Nota: esto de anotar en
el certificado de defunción que el fallecido lo fue por el bicho en cuestión,
es obligatorio en todos los hospitales y centros de salud registrados por la
dicha organización mundial: o sea, si fulano muere por infarto, por ejemplo,
ese cadáver pasa a ser obra del bicho que
no mata).
Habiendo realizado más de 100 autopsias al momento de
difundir la novedad, este médico del norte de Italia describió cómo funciona el
bicho en el organismo humano.
El bicho tiene unas papilas o puntas que en su extremo
poseen algo así como una aspiradora; se pegan a los glóbulos rojos y los
infectan. Esto produce que cada glóbulo crezca en tamaño. Al ser glóbulos rojos gordos no pueden ingresar
en los alvéolos de los pulmones donde se realiza, justamente, el intercambio de
gases: los glóbulos llevan CO2 y excipientes y reciben, por la respiración del
individuo, oxígeno. Pero ese intercambio, por el tamaño al que los hace crecer
el bicho, no se puede realizar. ¿Consecuencia? Ahogos.
¿Qué habría que hacer como procedimiento terapéutico?
Tratar de enflaquecer los glóbulos
rojos, volverlos a su tamaño normal para que el intercambio de gases se realice
sin problemas. ¿Qué es lo que se hace desde el cumplimiento de un protocolo
falaz? Establecer que el infectado está grave y, como solución proceden a intubarlo con un ventilador que ingresa aire a
sus pulmones. ¿Qué sucede? Pues nada más que agravar el estado del pobre
infectado, ya que por la vía natural (los alvéolos pulmonares) no puede
ingresar aire limpio a su organismo (oxígeno) y por lo tanto, el resultado es
la muerte, irremisiblemente.
¿Qué es lo que provoca la defenestrada (por la citada
Organización mundial y los medios de comunicación coludidos y políticos
infames) sustancia?
Como esa sustancia lleva 2 átomos de oxígeno y uno del
que le da nombre a la sustancia, apenas ingresa al organismo infectado,
liberando tanto oxígeno, ataca al bicho en su arma de penetración: oxida esa
especie de sopapa que poseen todo alrededor de su constitución. Al oxidarla, la
sopapa o aspiradora, pierde
totalmente su capacidad de infectar a los glóbulos rojos. En consecuencia, la
sangre vuelve a su tamaño normal (los góbulos rojos vuelve a su tamaño) y, por lo tanto, ya es posible ingresar a los
alvéolos y recibir de estos el oxígeno para el cuerpo infectado. Se retorna a
la normalidad. En algunos casos, también se suministra antibióticos específicos
para la contrarrestar la posible neumonía del paciente.
Según el médico del norte de Italia que realizó –y sigue
haciéndolo- autopsias para investigar de qué se trataba con este bicho, el
tratamiento completo no suma más que 23
euros.
Nos preguntamos ¿Qué harán con los respiradores, tan
caros y especulados? No tenemos idea, ni siquiera que puedan conformarlos de
modo tal que cupieran en cavidades generalmente a la sombra de sus respectivos
cuerpos (vestidos…).
¿Por qué, entonces,
se sigue con la muletilla de la citada organización y se “espera” una solución a
través de la vacuna?
Porque
demostrar que todo es un gran timo para dominar a la Humanidad en base al nuevo
orden mundial que, desde el CFR, viene trabajando en ese objetivo desde 1945. Porque siguiendo los postulados de Malthus,
que abogaba por que en el 1700 sobraba mucha gente en la Tierra, siguiendo por
el discriminador Darwin y, más acá, escuchando lo que dijera la
sentenciadamente estafadora en Francia, Christinne Lagard respecto de que los
viejos cuestan mucho, se llevan mucho dinero y algo hay que hacer con los viejos; y si vemos y escuchamos lo que
dijera Bill Gates respecto del posible resultado de la vacuna que propicia –sin
ningún tipo de método esa vacuna en tanto investigación y consecuencias
negativas-, asumiendo que, posiblemente, se produjeran 800.000.000 muertes en el mundo a consecuencia de la vacuna… Si
sumamos todo eso y mucho más, como los entrecruces entre fundaciones,
organizaciones no gubernamentales, asociaciones sin fines de lucro y, ahora,
muchos gobiernos totalmente sumisos y sometidos a las mandas de esa
mega-organización, podemos, fácilmente, concluir en que se trata de generar un
genocidio masivo sin que pueda, en razón de las consecuencias no deseadas, ser denominado con tan agraviante
adjetivo.
¿Qué hacer?
Como bien dice uno de los
mejores difusores de esta operación mundial, haciendo eje en lo que sucede en
la Argentina, sugiere: resistir,
insistir, persistir. Y ya en términos más actuales, viendo, como vemos, que
a pesar de las evidencias en contra el gobierno actual sigue bajando la cabeza
y arrodillándose ante esa mega-organización, este comunicador (posiblemente
futuro presidente) aumenta la postura con luchar,
batallar y vencer.
Finalmente, nos entregamos
a la sublime inteligencia de Dios.
Roberto Otero


