La maldita pandemia, a
pesar de los dolores que causa a las familias de los muertos y, también, a la
de los infectados, sirve para despejar dudas sobre actitudes que hemos
naturalizado desde la negligencia o la complicidad criminal.
La Argentina, desde
mucho antes de la Independencia que hoy se recuerda, se gestó como heredera de
una España casi en ruinas. Ese desastre económico que sumió a la población en
hambrunas y esclavismo sin declarar, tuvo su origen en la estupidez del
autoritarismo de la corona y en la vigencia a ultranza del mantenimiento de una
clase vaga que fueron “los nobles”, los “hidalgos” (fidalgos) para quienes era pecado mortal trabajar. Para eso estaba
la plebe, esclavizada y los vasallos –casi
lo mismo--. Si bien en los feudos tiene su semilla el concepto de Nación, los señores feudales eran avariciosos, insaciables en la esquilmación
de sus vasallos con impuestos y gabelas de todo tipo. Dinero que no se invertía
en nada más que en festicholas, caprichos y borracheras.
Esa clase era
intocable, salvo casos excepcionales. Por lo tanto, la autoridad, las leyes y
los reglamentos se reservaban para el pueblo (Idéntico a lo que respondió Sarmiento cuando Rivadavia lo consultó
sobre la ominosa Constitución de 181 6). De
modo que un hidalgo o algunos de los
fatuos cargos en la corona, circulaban como los dueños del territorio y nadie
osaba siquiera mirarlos fijo. Esa ideología se transfundió a la recua que
invadió la nueva tierra contra la que chocaron las carabelas del italiano
navegante.
Pasados los años y sin
señalar que la Independencia fue el resultado del apoyo de Inglaterra bajo la
promesa de reconocer como un país “soberano” a la Argentina (establecer la colonia sin declararla…),
aquella ideología de las familias y los patriciados quedó pegada a la epidermis
de los muchos contrabandistas, esclavistas y otras lindezas que poblaron
nuestra tierra.
Infinidad de las
familias que aluden a su patriciado en la sociedad argentina provienen de
aquellos sucios comerciantes sin leyes que acumularon moneda y grandes
extensiones de tierra fértil. Por supuesto teniendo a trabajadores y “peones”
en calidad de vasallos.
Esa clase, al fin, fue
definida como oligarquía (1) y como
dueños (por diversos medios, digamos) de extensiones interminables de hectáreas
espectaculares para el ganado y la siembra, se constituyeron en sociedades
integradas por miembros de esas familias oligarcas y como tales, llegaron a
gobernar la Argentina, donde el pobre, el pueblo en realidad no tenía cabida ni
participación; salvo para tareas de mantenimiento, limpieza, teneduría y otras.
Digamos que dominaban casi todo.
Así, entonces, si
alguno de ellos, oligarcas, era sorprendido en algún hecho cuasi o
definitivamente delictual y si la gravedad del mismo no superaba la inmediata confidencialidad,
no eran aprehendidos bajo ningún concepto o razón. Era “Fulano de Tal” y ojo.
La semilla de esa
concepción infame prendió rápido en los subordinados y por los avatares de la
historia, superando años, el espectro se amplió y los integrantes de la
oligarquía no quisieron –y no pudieron—sumarse a los gobiernos que produjo el
voto universal a partir Sáenz Peña.
Claro que contaban con
medios como para menguar los efectos de las urnas. Sobre todo y principalmente
en provincia de Buenos Aires donde, por obvias razones de territorio, la
oligarquía asentó sus bases desde siempre. El fraude patriótico fue consigna
difundida y aceptada. Veamos a Fresco. Pero también funcionó con Alvear y con
Ortíz, aunque éste último enfermó de muerte y le sucedió Castillo que, en el “armado”
de la siguiente elección presidencial proponía a Robustiano Patrón Costas, un
miserable infame que agotaba a sus esclavos a quienes les hacía comprar
alimentos y diversión en sus almacenes y boliches, anotando en la guadañeras “libretas
negras”. Suma que se restaría, prolijamente, a los haberes que habrían de
cobrar, alguna vez, allá lejos en el tiempo.
A pesar de todo ello
tuvimos, ya en el siglo XX, al mencionado Sáenz Peña, a Hipólito Irigoyen que
fue derrocado por el iniciador de la Década Infame, José Uriburu y su sucesor,
Agustín Justo –ambos generales, solteros--. En 1943 se produce el que parecía
el último golpe de Estado, que resultó revolucionario. Pero bueno, ahí aparece
Juan Perón y patea el tablero. Aunque con reticencia.
Este largo
introductorio refiere a esa concepción ignorante del ejercicio del poder sin el
poder, sólo por ser, no ya hidalgo sino funcionario. Para identificar a la
pléyade de tal grupo aparecen las credenciales, cuya exhibición –todavía lo creen-
suponía abrir todas las puertas y dotarles de inmunidad general, aún en
cuestiones inmanejables como la salud.
Aquí llegamos, entonces, al tema del título.
No se niega que estamos
en una situación crítica por este rebrote del incierto virus. Por lo tanto,
toda prevención es no sólo válida sino necesaria. Detrás de la negligencia
personal espera, siempre, la muerte. De modo que no se trata de ganas o
elección libre sino de obligación real y firme.
Esa obligación la prevé
la Constitución, aludiendo a los atentados contra la salud pública; y consecuentemente
el Código Penal de la Nación para todo aquel que transmita una enfermedad
infecciosa a sus semejantes, sabiendo que la sufre o sospechando que está en su
organismo.
Creo que el CPN
establece como pena de 3 a 13 años para el delincuente.
Ahora, los geriátricos
Las noticias que
comunican los canales de televisión y las radios, hacen mención reiterada a que
en tal o cual geriátrico de la Capital Federal se detectaron uno o más
infectados con el Covid 19. Empezando,
además, que no aclaran si los tales geriátricos eran legales o truchos. Pero
para el caso da lo mismo: el tema es la prevención responsable. Cosa que, nos parece, en esos depósitos de viejos
camino a sus muertes, no hubo ninguna de las dos, ni prevención ni
responsabilidad.
Salen y entran y no pasa nada.
La cuarentena firme nos
indica que salgamos lo menos posible de nuestras casas. Para comprar alimentos
en negocios de la vecindad o si trabajan en áreas “esenciales”, aumentar en
grado sumo la prevención de aislarse con tapabocas, si se puede máscaras y anteojos;
puede que guantes de látex y no tocar ni tocarle a otros/otras la boca, los
párpados, etc.
Al regresar a sus
hogares, es válido que la ropa con la que salieron quede aislada y se cambien
por otra limpia.
Más aún, ubicándose en
un área de alta peligrosidad por la cantidad de contagios por día que se
producen –y que sospechamos son muchos más--.
Entonces
Las personas que “atienden”
a los viejos en esas cuevas donde, dijimos, sólo esperan la gloriosa llegada de
la muerte, nos parece que fueron las responsables directas y exclusivas de los
contagios habidos en tales lugares.
Es que, el tema de las
credenciales vuelve a hacer su aparición con fanfarria.
Lo que indica el protocolo
En virtud de que nadie es inmune al maldito virus,
ninguna persona debe tomar en solfa lo que se indica para menguar al máximo las
posibilidades de contagio.
Si las dueñas/os de
aquellos geriátricos y su personal de mucamas, a veces alguna enfermera
jubilada y tal vez un médico reciente que junta algunos manguitos, no deberían sino cumplir con el protocolo.
Engolados
El caso que nos relataban
sobre otros geriátricos, no ya en la Capital, refería a que si bien las normas
son estrictas en el sentido de cumplir el protocolo, hay momentos de
trastabille.
Sobre todo aquellos que
se encuentran en zonas absolutamente libres de contagios desde que empezó esta
mierda. O sea, no hay ni uno, aunque algunos, quién sabe por cuáles motivos rastreros, pretenden que sí haya uno.
Si se sale de una zona
así, libre de contagios y se traslada a otra con historia fluctuante y grave que
en la actualidad muestra un ascenso lamentable de personas infectadas, entonces
los que así lo hacen, o sea ingresan a esa zona, no pueden incumplir el
protocolo.
¿Qué quiero decir con
esto último? Que al regresar tienen que someterse al protocolo y hacer cuarentena como cualquier hijo de
vecino. Si no caemos en la fantasía criminal de suponer que el virus establece
a quién sÍ contagia y a quién no sólo por su ubicación social o funcionarial,
como dijimos más arriba.
Si algo tiene de
positiva la democracia en la República es que la ley es igual para todos y, también, que nadie puede alegar desconocimiento de la ley.
Colofón
Así como el maldito virus no selecciona sus víctimas,
salvo por las capacidades biológicas y demás de cada individuo, también esta
notuela puede llegar a los ojos de variopintos lectoras/es, asunto, éste, que
nos satisface. De todos modos, acotamos:
Más
naides se crea ofendido
pues a ninguno incomodo
Y si canto de este modo
por encontrarlo oportuno
no es para mal de ninguno
sino para bien de todos.
Martín Fierro.
Roberto Otero
09/07/2020
(1)
1. f. Forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario.
2. f. Grupo reducido de personas que tiene poder e influencia en un determinado sector social,
económico y político.