jueves, 9 de julio de 2020

LOS CONTAGIOS Y LAS RESPONSABILIDADES



La maldita pandemia, a pesar de los dolores que causa a las familias de los muertos y, también, a la de los infectados, sirve para despejar dudas sobre actitudes que hemos naturalizado desde la negligencia o la complicidad criminal.

La Argentina, desde mucho antes de la Independencia que hoy se recuerda, se gestó como heredera de una España casi en ruinas. Ese desastre económico que sumió a la población en hambrunas y esclavismo sin declarar, tuvo su origen en la estupidez del autoritarismo de la corona y en la vigencia a ultranza del mantenimiento de una clase vaga que fueron “los nobles”, los “hidalgos” (fidalgos) para quienes era pecado mortal trabajar. Para eso estaba la plebe, esclavizada y los vasallos –casi lo mismo--. Si bien en los feudos tiene su semilla el concepto de Nación, los señores feudales eran avariciosos, insaciables en la esquilmación de sus vasallos con impuestos y gabelas de todo tipo. Dinero que no se invertía en nada más que en festicholas, caprichos y borracheras.

Esa clase era intocable, salvo casos excepcionales. Por lo tanto, la autoridad, las leyes y los reglamentos se reservaban para el pueblo (Idéntico a lo que respondió Sarmiento cuando Rivadavia lo consultó sobre la ominosa Constitución de 181 6). De modo que un hidalgo o algunos de los fatuos cargos en la corona, circulaban como los dueños del territorio y nadie osaba siquiera mirarlos fijo. Esa ideología se transfundió a la recua que invadió la nueva tierra contra la que chocaron las carabelas del italiano navegante.
Pasados los años y sin señalar que la Independencia fue el resultado del apoyo de Inglaterra bajo la promesa de reconocer como un país “soberano” a la Argentina (establecer la colonia sin declararla…), aquella ideología de las familias y los patriciados quedó pegada a la epidermis de los muchos contrabandistas, esclavistas y otras lindezas que poblaron nuestra tierra.

Infinidad de las familias que aluden a su patriciado en la sociedad argentina provienen de aquellos sucios comerciantes sin leyes que acumularon moneda y grandes extensiones de tierra fértil. Por supuesto teniendo a trabajadores y “peones” en calidad de vasallos.
Esa clase, al fin, fue definida como oligarquía (1) y como dueños (por diversos medios, digamos) de extensiones interminables de hectáreas espectaculares para el ganado y la siembra, se constituyeron en sociedades integradas por miembros de esas familias oligarcas y como tales, llegaron a gobernar la Argentina, donde el pobre, el pueblo en realidad no tenía cabida ni participación; salvo para tareas de mantenimiento, limpieza, teneduría y otras.

Digamos que dominaban casi todo.

Así, entonces, si alguno de ellos, oligarcas, era sorprendido en algún hecho cuasi o definitivamente delictual y si la gravedad del mismo no superaba la inmediata confidencialidad, no eran aprehendidos bajo ningún concepto o razón. Era “Fulano de Tal” y ojo.

La semilla de esa concepción infame prendió rápido en los subordinados y por los avatares de la historia, superando años, el espectro se amplió y los integrantes de la oligarquía no quisieron –y no pudieron—sumarse a los gobiernos que produjo el voto universal a partir Sáenz Peña.

Claro que contaban con medios como para menguar los efectos de las urnas. Sobre todo y principalmente en provincia de Buenos Aires donde, por obvias razones de territorio, la oligarquía asentó sus bases desde siempre. El fraude patriótico fue consigna difundida y aceptada. Veamos a Fresco. Pero también funcionó con Alvear y con Ortíz, aunque éste último enfermó de muerte y le sucedió Castillo que, en el “armado” de la siguiente elección presidencial proponía a Robustiano Patrón Costas, un miserable infame que agotaba a sus esclavos a quienes les hacía comprar alimentos y diversión en sus almacenes y boliches, anotando en la guadañeras “libretas negras”. Suma que se restaría, prolijamente, a los haberes que habrían de cobrar, alguna vez, allá lejos en el tiempo.

A pesar de todo ello tuvimos, ya en el siglo XX, al mencionado Sáenz Peña, a Hipólito Irigoyen que fue derrocado por el iniciador de la Década Infame, José Uriburu y su sucesor, Agustín Justo –ambos generales, solteros--. En 1943 se produce el que parecía el último golpe de Estado, que resultó revolucionario. Pero bueno, ahí aparece Juan Perón y patea el tablero. Aunque con reticencia.

Este largo introductorio refiere a esa concepción ignorante del ejercicio del poder sin el poder, sólo por ser, no ya hidalgo sino funcionario. Para identificar a la pléyade de tal grupo aparecen las credenciales, cuya exhibición –todavía lo creen- suponía abrir todas las puertas y dotarles de inmunidad general, aún en cuestiones inmanejables como la salud.

Aquí llegamos, entonces, al tema del título.

No se niega que estamos en una situación crítica por este rebrote del incierto virus. Por lo tanto, toda prevención es no sólo válida sino necesaria. Detrás de la negligencia personal espera, siempre, la muerte. De modo que no se trata de ganas o elección libre sino de obligación real y firme.

Esa obligación la prevé la Constitución, aludiendo a los atentados contra la salud pública; y consecuentemente el Código Penal de la Nación para todo aquel que transmita una enfermedad infecciosa a sus semejantes, sabiendo que la sufre o sospechando que está en su organismo.

Creo que el CPN establece como pena de 3 a 13 años para el delincuente.

Ahora, los geriátricos

Las noticias que comunican los canales de televisión y las radios, hacen mención reiterada a que en tal o cual geriátrico de la Capital Federal se detectaron uno o más infectados con  el Covid 19. Empezando, además, que no aclaran si los tales geriátricos eran legales o truchos. Pero para el caso da lo mismo: el tema es la prevención responsable. Cosa que,  nos parece, en esos depósitos de viejos camino a sus muertes, no hubo ninguna de las dos, ni prevención ni responsabilidad.

Salen y entran y no pasa nada.

La cuarentena firme nos indica que salgamos lo menos posible de nuestras casas. Para comprar alimentos en negocios de la vecindad o si trabajan en áreas “esenciales”, aumentar en grado sumo la prevención de aislarse con tapabocas, si se puede máscaras y anteojos; puede que guantes de látex y no tocar ni tocarle a otros/otras la boca, los párpados, etc.

Al regresar a sus hogares, es válido que la ropa con la que salieron quede aislada y se cambien por otra limpia.

Más aún, ubicándose en un área de alta peligrosidad por la cantidad de contagios por día que se producen –y que sospechamos son muchos más--.

Entonces

Las personas que “atienden” a los viejos en esas cuevas donde, dijimos, sólo esperan la gloriosa llegada de la muerte, nos parece que fueron las responsables directas y exclusivas de los contagios habidos en tales lugares.

Es que, el tema de las credenciales vuelve a hacer su aparición con fanfarria.

Lo que indica el protocolo

En virtud de que nadie es inmune al maldito virus, ninguna persona debe tomar en solfa lo que se indica para menguar al máximo las posibilidades de contagio.
Si las dueñas/os de aquellos geriátricos y su personal de mucamas, a veces alguna enfermera jubilada y tal vez un médico reciente que junta algunos manguitos, no deberían sino cumplir con el protocolo.

Engolados

El caso que nos relataban sobre otros geriátricos, no ya en la Capital, refería a que si bien las normas son estrictas en el sentido de cumplir el protocolo, hay momentos de trastabille.

Sobre todo aquellos que se encuentran en zonas absolutamente libres de contagios desde que empezó esta mierda. O sea, no hay ni uno, aunque algunos, quién sabe por cuáles motivos rastreros, pretenden que sí haya uno.

Si se sale de una zona así, libre de contagios y se traslada a otra con historia fluctuante y grave que en la actualidad muestra un ascenso lamentable de personas infectadas, entonces los que así lo hacen, o sea ingresan a esa zona, no pueden incumplir el protocolo.  
¿Qué quiero decir con esto último? Que al regresar tienen que someterse al protocolo y hacer cuarentena como cualquier hijo de vecino. Si no caemos en la fantasía criminal de suponer que el virus establece a quién sÍ contagia y a quién no sólo por su ubicación social o funcionarial, como dijimos más arriba.

Si algo tiene de positiva la democracia en la República es que la ley es igual para todos y, también, que nadie puede alegar desconocimiento de la ley.

Colofón


Así como el maldito virus no selecciona sus víctimas, salvo por las capacidades biológicas y demás de cada individuo, también esta notuela puede llegar a los ojos de variopintos lectoras/es, asunto, éste, que nos satisface. De todos modos, acotamos:

Más naides se crea ofendido
pues a ninguno incomodo
Y si canto de este modo
por encontrarlo oportuno
no es para mal de ninguno
sino para bien de todos.

Martín Fierro.

Roberto Otero
09/07/2020

(1)
1. f. Forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario.
2. f. Grupo reducido de personas que tiene poder e influencia en un determinado sector socialeconómico y político.

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