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No es el caso, además de faltarnos información técnica
en el área de sociología y psicología, como mínimo-, de intentar una mirada de
la antropología social para establecer, con cierto grado de verosimilitud,
aproximarnos a una definición de la conducta humana. Sin embargo, por los
hechos acontecidos en nuestra historia, hemos visto, y leído también de otros
tiempos –casi en todas las épocas- que siempre, sin fallar, aparecen los
voraces buitres sociales que, ante la existencia de una hecatombe o guerra o
epidemias, han aprovechado la ocasión para embolsar mucho dinero a costa de la
necesidad y de la pavura de muchos tanto como el temor, a veces muy cierto, de
infectarse y morir. De otro modo la emergencia de mercados negros no habría existido.
Hace un rato, por no decir en la actualidad del aquí y
ahora, cuando la demanda de barbijos, alcohol en gel o determinados
medicamentos creció gráficamente. El precio de esos insumos creció a niveles
altos –en muchos casos inalcanzables- qué, a pesar de esa suba inexplicable, se
continuaron comprando por ser, de un modo claro, artículos de primera necesidad. Tampoco es aceptable, en casos así,
que el Estado no haya intervenido para proteger la salud de sus habitantes,
como es su obligación, e incidido en detener esas subas de precios, teniendo
los medios legales y también la justificación constitucional de hacerlo.
Vamos a
los chantas
Alineados con los especuladores mencionados, aparecen,
como brotes después de una lluvia, personajes que pretenden ir más allá de lo
inmediato, transmitiendo con idónea actuación y apelando a respaldos incomprobables,
e inhallables. Versiones y relatos de ficción que, ante la desesperación de los
humanos bajo la presión y la amenaza de una muerte muy cercana –aunque también
de probabilidad lejana-, se convierten en verdades
reveladas. La esperanza generada por la ficción y la criminalidad de
quienes la motivan, genera un alto grado de adhesión que se asienta en la fe
por ver, aunque sea una ilusión, un puente para salir de la gran ciénaga.
Entonces, claro, salen a la palestra individuos sin
otro fin que ganar mucho dinero por la molicie intelectual de la mayoría,
creyentes ávidos de otras noticias y comentarios que los agobiantes noticieros
de la televisión, de la radio, diarios de papel y en Internet, cuyos contenidos
principales parecen haber sido diseñados para generar mucho miedo, empujar a la
paranoia –si no social, sí grupal- y mantener a la población en un estado de
incertidumbre y de angustia. Salvo, como placebo, si se cumplen los postulados
del encierro continuado, respirar nuestro propio CO2 y todas las excreciones
que la expiración arroja al aire por no ser de utilidad –todo lo contrario- al
cuerpo humano.
Hablar,
por ahora, sigue siendo gratis
Emitir opinión, claro está. En esa garantía se cuelan los chantas que, utilizando el tiempo
potencial de algunos verbos útiles a su discurso mentiroso, van percudiendo las
defensas del pensamiento lógico enancados en el miedo generado, para
introducirse en las mentes como el único camino posible a la salvación.
En esto último no podemos decir algo malo o
denostarlos a los chantas ya que no
pocas religiones estructuradas, sino todas, apelan al mismo discurso. La
diferencia entre éstas y los chantas
estriba en que en el discurso religioso –cualquier religión- no se usa el
potencial sino la afirmación sin posibilidad de refutación so pena de perder la
calidad de creyente.
¿Dónde
quedan las investigaciones serias y responsables que contradicen la verdad oficial?
Cercadas, negadas, vilipendiadas, rufianescamente
atacadas por aquellos creyentes de
esa dudosa verdad oficial que, con el
andar, se convierte en el discurso único y obligatorio. Sí, obligatorio.
Experimentar con elementos químicos que tienen una
larga historia en el cuidado del Hombre y constatar, empíricamente y con
certificación de los datos –tanto buenos como malos, por supuesto-, que la
ingesta de tales elementos significa una mejora rápida y eficaz para la
dolencia que aqueja al paciente es, a nuestro entender, un avance en la
medicina. Como se podrá ver a lo largo del tiempo pasado: ante una nosología
patológica que era tratada con tales y cuales específicos, hubo quien investigó
por otro rumbo y logró descubrir que la terapéutica podía mejorarse notablemente
por ese otro camino y no la de la medicina
oficial. Luego de los resquemores que tal nuevo camino generó en los galenos
tradicionales, el procedimiento novedoso se incorpora, oficialmente, a la cura de tales y específicos enfermos. Se
salvaron muchas vidas que, de otro modo, habrían terminado en una caja de
madera con tapa y bajo 3 metros de profundidad en tierra santa.
La
negación como política sanitaria
En este punto sólo nos resta aludir a la enajenada
negación que ejercen, desde el poder político y económico sectorial, de todo
cambio o alteración de la marcha emprendida. Así, organismos de fiscalización y análisis de medicamentos
nuevos o de novedosas terapéuticas, niegan, mediante comunicados cuestionables
desde el principio al fin, esas novedades médicas que, a pesar de los papeles y
los sellos, en la vida real de los enfermos han dado resultados positivos. Esto
es: salvarlos de la muerte en corto tiempo antes de que, por seguir un
protocolo absolutamente cuestionable, le aplicaran aparatología que sólo aceleraría
el tránsito final.
Pero ante una negativa cerrada, no queda otro camino
que dudar de lo que esa negación pretende ocultarle a la sociedad. Entendemos
que retacear información, censurar vídeos en Youtube o bajar artículos en
Facebook, sólo nos sugiere que hay algo malo, pésimo, horrible. ¿En lo que se
censura y oculta? No. Lo horrible está en el ocultamiento de lo que se decide –o
decidió- y por ello, sin capacidad científica y dialéctica para contra argumentar a los científicos,
médicos y terapeutas de la otra vereda,
no les queda otro remedio que imponer “su” verdad como única válida y todo lo
demás es cuento. Una de las formas de ejercer el poder y que Foucault tuvo muy
en claro.
Cerramos esta aportación apelando al sentido crítico
de los congéneres. A que no acepten cualquier cosa como “la verdad” sino que
cuestionen, pregunten, investiguen, porque en esa actitud está en juego la
propia vida.
Buenas noches, buena suerte.
Roberto Otero

