sábado, 5 de septiembre de 2020

LOS APROVECHADORES DE LAS DESGRACIAS

 
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No es el caso, además de faltarnos información técnica en el área de sociología y psicología, como mínimo-, de intentar una mirada de la antropología social para establecer, con cierto grado de verosimilitud, aproximarnos a una definición de la conducta humana. Sin embargo, por los hechos acontecidos en nuestra historia, hemos visto, y leído también de otros tiempos –casi en todas las épocas- que siempre, sin fallar, aparecen los voraces buitres sociales que, ante la existencia de una hecatombe o guerra o epidemias, han aprovechado la ocasión para embolsar mucho dinero a costa de la necesidad y de la pavura de muchos tanto como el temor, a veces muy cierto, de infectarse y morir. De otro modo la emergencia de mercados negros no habría existido.

Hace un rato, por no decir en la actualidad del aquí y ahora, cuando la demanda de barbijos, alcohol en gel o determinados medicamentos creció gráficamente. El precio de esos insumos creció a niveles altos –en muchos casos inalcanzables- qué, a pesar de esa suba inexplicable, se continuaron comprando por ser, de un modo claro, artículos de primera necesidad. Tampoco es aceptable, en casos así, que el Estado no haya intervenido para proteger la salud de sus habitantes, como es su obligación, e incidido en detener esas subas de precios, teniendo los medios legales y también la justificación constitucional de hacerlo.

Vamos a los chantas

Alineados con los especuladores mencionados, aparecen, como brotes después de una lluvia, personajes que pretenden ir más allá de lo inmediato, transmitiendo con idónea actuación y apelando a respaldos incomprobables, e inhallables. Versiones y relatos de ficción que, ante la desesperación de los humanos bajo la presión y la amenaza de una muerte muy cercana –aunque también de probabilidad lejana-, se convierten en verdades reveladas. La esperanza generada por la ficción y la criminalidad de quienes la motivan, genera un alto grado de adhesión que se asienta en la fe por ver, aunque sea una ilusión, un puente para salir de la gran ciénaga.

Entonces, claro, salen a la palestra individuos sin otro fin que ganar mucho dinero por la molicie intelectual de la mayoría, creyentes ávidos de otras noticias y comentarios que los agobiantes noticieros de la televisión, de la radio, diarios de papel y en Internet, cuyos contenidos principales parecen haber sido diseñados para generar mucho miedo, empujar a la paranoia –si no social, sí grupal- y mantener a la población en un estado de incertidumbre y de angustia. Salvo, como placebo, si se cumplen los postulados del encierro continuado, respirar nuestro propio CO2 y todas las excreciones que la expiración arroja al aire por no ser de utilidad –todo lo contrario- al cuerpo humano.

Hablar, por ahora, sigue siendo gratis

Emitir opinión, claro está. En esa garantía se cuelan los chantas que, utilizando el tiempo potencial de algunos verbos útiles a su discurso mentiroso, van percudiendo las defensas del pensamiento lógico enancados en el miedo generado, para introducirse en las mentes como el único camino posible a la salvación.

En esto último no podemos decir algo malo o denostarlos a los chantas ya que no pocas religiones estructuradas, sino todas, apelan al mismo discurso. La diferencia entre éstas y los chantas estriba en que en el discurso religioso –cualquier religión- no se usa el potencial sino la afirmación sin posibilidad de refutación so pena de perder la calidad de creyente.

¿Dónde quedan las investigaciones serias y responsables que contradicen la verdad oficial?

Cercadas, negadas, vilipendiadas, rufianescamente atacadas por aquellos creyentes de esa dudosa verdad oficial que, con el andar, se convierte en el discurso único y obligatorio. Sí, obligatorio.

Experimentar con elementos químicos que tienen una larga historia en el cuidado del Hombre y constatar, empíricamente y con certificación de los datos –tanto buenos como malos, por supuesto-, que la ingesta de tales elementos significa una mejora rápida y eficaz para la dolencia que aqueja al paciente es, a nuestro entender, un avance en la medicina. Como se podrá ver a lo largo del tiempo pasado: ante una nosología patológica que era tratada con tales y cuales específicos, hubo quien investigó por otro rumbo y logró descubrir que la terapéutica podía mejorarse notablemente por ese otro camino y no la de la medicina oficial. Luego de los resquemores que tal nuevo camino generó en los galenos tradicionales, el procedimiento novedoso se incorpora, oficialmente, a la cura de tales y específicos enfermos. Se salvaron muchas vidas que, de otro modo, habrían terminado en una caja de madera con tapa y bajo 3 metros de profundidad en tierra santa.

La negación como política sanitaria

En este punto sólo nos resta aludir a la enajenada negación que ejercen, desde el poder político y económico sectorial, de todo cambio o alteración de la marcha emprendida. Así, organismos de fiscalización y análisis de medicamentos nuevos o de novedosas terapéuticas, niegan, mediante comunicados cuestionables desde el principio al fin, esas novedades médicas que, a pesar de los papeles y los sellos, en la vida real de los enfermos han dado resultados positivos. Esto es: salvarlos de la muerte en corto tiempo antes de que, por seguir un protocolo absolutamente cuestionable, le aplicaran aparatología que sólo aceleraría el tránsito final.

Pero ante una negativa cerrada, no queda otro camino que dudar de lo que esa negación pretende ocultarle a la sociedad. Entendemos que retacear información, censurar vídeos en Youtube o bajar artículos en Facebook, sólo nos sugiere que hay algo malo, pésimo, horrible. ¿En lo que se censura y oculta? No. Lo horrible está en el ocultamiento de lo que se decide –o decidió- y por ello, sin capacidad científica y dialéctica para contra argumentar a los científicos, médicos y terapeutas de la otra vereda, no les queda otro remedio que imponer “su” verdad como única válida y todo lo demás es cuento. Una de las formas de ejercer el poder y que Foucault tuvo muy en claro.

Cerramos esta aportación apelando al sentido crítico de los congéneres. A que no acepten cualquier cosa como “la verdad” sino que cuestionen, pregunten, investiguen, porque en esa actitud está en juego la propia vida.

Buenas noches, buena suerte.

Roberto Otero



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