A unos 30 kilómetros de la ciudad, en un área donde parecía ese poblado como un ramillete de colores en medio del puro campo, se erigía la villa del título, Villa Dulzura.
Habitada
en su inmensa mayoría por veteranos de guerra, de varias guerras. Había entre
ellos los que combatieran en Vietnam, algunos que eligieron ser mercenarios y
se habían curtido en el África y, también, preponderantemente, los que lucharon
en la batalla de Malvinas. Este conjunto de militares veteranos logró, a través
de notas al Ministerio de Defensa y hasta el Presidente, habilitar la compra de
un poderoso helicóptero que, en sus tiempos de acción, había trasladado hasta
vehículos colgados de poderosos cables de acero. De modo que ese aparato
superaba, en mucho, las expectativas de los veteranos. Pero rápidamente
aceptaron la oferta de comprarlo en largas cuotas y sin interés ya que, sabían,
la oportunidad era única.
La idea
de los veteranos fue contar con ese vehículo aéreo para utilizarlo, casi
excluyentemente, como traslado de habitantes de la villa a la ciudad. Un
trayecto corto, como dijimos, y sobre todo rápido. Se organizaron guardias de
los pilotos para que siempre, a cualquier hora del día o de la noche, hubiera
quién pilotara el poderoso helicóptero en casos de emergencias médicas,
principalmente. Aunque la salud de los habitantes era, sin exageraciones,
excelente.
La vida
en la villa se deslizaba confortablemente en la sucesión de los meses y, a
pesar de la bulla que hacían las aspas del “Monstruo Aéreo”, como lo nombraban
los habitantes, nada más podía alterar el amable silencio “de campo” que
rodeaba esa población.
Así,
entonces, la villa progresaba porque todos sus habitantes, desde sus ingresos
mensuales, aportaban al sostenimiento del conjunto. No era un impuesto; era
voluntario y allí, la buena voluntad era como el ritmo de la conducta social de
todos.g
Sucedió
que la casa de uno de ellos tuvo problemas de filtración de agua proveniente
del techo. Puestos y dispuestos, aquellos que tenían conocimientos profesionales
o eran aptos para la reparación, se ofrecieron a solucionar el problema. Fueron
dos los elegidos para la tarea y con rapidez, llevaron sus herramientas y
elementos para llevar a cabo la tarea. El helicóptero cumplió, en la oportunidad,
la tarea de traer de la ciudad los insumos necesarios para cumplir con el
trabajo.
Alegres
y dispuestos, los dos hombres llevaron sus herramientas a la terraza de la casa
que, aclaremos, era de dos plantas bien altas, aireadas, cómodas.
Pero,
como a veces sucede, la fatalidad hizo su aparición.
La
señora de la casa, esmerándose en la preparación del almuerzo, sufrió un
accidente: el aceite caliente se volcó sobre la llama de la hornalla y, de
inmediato, una larga y fuerte lengua de fuero buscó subir hacia el cielorraso.
En el camino lamió la estantería y ésta, respondiendo a ese llamado, también
comenzó a proporcionar sus propias llamas.
Desesperada
y sola en la casa ya que su marido y su hijo mayor estaban, desde temprano, en
sus trabajos en la ciudad, salió a la calle gritando a voz en cuello:
“¡Incendio! ¡Incendio!”. Una vecina la
oyó y se comunicó con otras y en minutos el pueblo de la villa estaba rodeando
la casa, portando inútiles baldes y mangueras de riego de estrecha mena. En la
villa, todavía, no existía un cuerpo de bomberos y estos debían trasladarse
desde la ciudad, recorriendo los 30 kilómetros como saetas.
Mientras
tanto, los dos hombres, en la terraza en reparación, quedaron aislados sin
posibilidad de bajar desde tan alto lugar.
Llamaron
a los bomberos citadinos y contestaron que “¡Ya
salimos para allá!”. Mientras, uno
de los pilotos del helicóptero pensó que sería muy rápido volar sobre la terraza
y subir a los dos hombres, prisioneros de las llamas de abajo, y sacarlos de
una situación eminentemente grave y posiblemente, fatal.
Puestos
en acción, los dos pilotos de guardia urgieron la preparación del aparato para
utilizarlo en el rescate. Sin embargo, el “representante” –así denominaban a
quien ejercía el cargo de “alcalde”- expresó que, para evitar problemas, se
esperara la llegada de los bomberos de la ciudad que, según respondieran al
llamado, se encontraban rodando hacia la villa.
Se les
plateó, a los pilotos y a los veteranos que se acercaron al helipuerto para colaborar,
la disyuntiva: o hacemos lo que nos ordena el Representante o vamos por las
nuestras y santas pascuas. Seguros estaban del exitoso resultado del rescate.
Volvieron a comunicarse con el funcionario y éste, ya en el límite del control
de sus nervios, casi vociferó que era legal y correcto esperar a los
especialistas, los bomberos, antes que arriesgarse a un final trágico, como,
dijo, también podría suceder.
Así
fueron pasando los minutos y también los arriesgados vecinos que se aproximaban
a las llamas –cada vez más voraces- arrojando cubos llenos de agua, aún de
barro.
Pasaron
más minutos y los hombres, en la terraza, hacían señas y gritaban por ayuda
urgente porque la terraza comenzaba a ser como una plancha cada vez más
caliente por las llamas que comían el cielorraso de la segunda planta.
Llegaron,
al fin, los bomberos y con rápida práctica, aseguraron el camión con esas bases
que le otorgan mayor superficie de apoyo y equilibrio; maniobraron con la
escalera extensible; mientras otros echaban fuertes chorros de dióxido de
carbono sobre las llamas de la planta baja. Por su lado, los pilotos,
informados por sus colegas veteranos de la situación, angustiante a esas
alturas, decidieron despegar con otros veteranos a bordo preparando las lingas
por las que podrían subir a los aislados en el techo de la casa en llamas. Se
aproximaron a la gran fogata en la que el fuego había convertido a la casa y
observaron la multitud de vecinos que rodeaba el lugar, los dos camiones de
Bomberos y las maniobras de estos para lograr que la escalera pudiera apoyarse
en la alta cornisa. Pero las llamas que salían por las ventanas, también
barrían el extremo de la escalera haciendo imposible que un humano pudiese, con
éxito, sortearlas.
Los
pilotos ubicaron la su nave en la perpendicular del incendio y procedieron a
bajar el grueso cable de acero con los dos arneses pendiendo de su extremo. No
era maniobra fácil por la ventolina que producían las poderosas aspas, pero la
larga experiencia en acciones de combate y bajo el ataque enemigo, parecía hacer
de la situación una tarea sencilla.
Los
bomberos, mientras tanto, volvían a encastrar las bases del camión y con
extremo cuidado, lo trasladaron hacia otra posición en el perímetro de las
llamas.
La
linga bajaba, balanceada apenas por la suave brisa de esa mañana, y se acercaba
a los cuatro brazos extendidos de los dos hombres que expresaban, en el
silencio horrorizado de sus rostros, la cercana posibilidad de salvarse a pesar
de que la muerte esperaba, cómodamente sentada y mirándolos, en el otro extremo
del peligroso techo.
En un
momento, como si un poderoso rayo hubiera caído sobre el incendio, aterrando a
todos por el premonitorio ruido que se produjo, más cerca de una explosión, la
casa –o lo que se suponía había sido- se desplomó con la fuerza del peso de su
estructura. Los dos hombres, prisioneros en el último día de sus vidas, desaparecieron
entre el humo, las llamas, el estruendo y los gritos de todos.
Valientes
y arriesgados, varios bomberos pretendieron caminar sobre los escombros
llameantes, para rescatar a los dos hombres, pero nada se pudo hacer en tales
condiciones.
El
silencio, luego de esa explosión de maderas, hierros, yeso y recuerdos
perdidos, fue soberano en la multitud. Ni bomberos ni aún los pilotos y los
tripulantes del helicóptero podían hablar algo distinto a los insultos que expresaban
sin solución de continuidad; Indignados, agobiados por el triste desenlace de
una situación de emergencia que podría haberse solucionado mucho antes y con éxito
seguro.
No
viene a cuento relatar el pesar de la comunidad ni las exequias de los dos
hombres cuyos nombres, desde ese entonces, fueron grabados en una placa de
bronce que se colocó en el hall de entrada de la Representación.
Baste
decir que el Representante, que ocupaba ese sillón de responsabilidad
comunitaria, fue destituido y luego, juzgado por “abandono de persona agravado”
si no, de asesino liso y llano. Por su inopia, cobardía y sumisión, había
dejado morir a dos hombres de la sociedad y, por ello, fue expulsado, incluso,
de la villa. Expulsión que sirvió a la Justicia para encarcelarlo sin opción a
ninguna ventaja legal para evadirse de la pena.
Razonaron,
los señores jueces que condenaron al susodicho pusilánime, que teniendo, ese
Representante, la opción cierta y valedera –por los antecedentes en los campos
de combate que fueron exitosos- de haber decidido el rescate utilizando el
poderoso helicóptero, ya dispuesto y listo para la maniobra, optó, por
ineptitud en el cargo, prohibir lo propuesto por los veteranos; esa demora sin
justificación, más que la falta de criterio a aplicar y que podría bien
calificarse de cobardía, resultó en la terrible muerte de los dos vecinos. La
sentencia fue demoledora.
No
pretendemos extendernos más allá de la precisa calificación que realizó la
Justicia para condenar a ese Representante de Villa Dulzura. De todos modos,
nos parece, que esta alegoría semeja, y mucho, la actual situación por la que
atravesamos y, concluyo en que es correcta la decisión de la Justicia para
encarcelar y sentenciar con máxima dureza legal, al infame representante de esa
villa, que prohibió la posibilidad de vida y se expresó, encubiertamente, por
la muerte.
Nota final: Si alguien, algunos, muchos, pudieran
sentirse identificados con lo actuado por el Representante y las consecuencias
fatales que produjo, será obra de la casualidad o, tal vez, de la frondosa
imaginación interpretativa de cada persona que haya tenido la paciencia de leer
el presente texto. Gracias.
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