
No
creemos necesario señalar que la organización supuestamente encargada de velar
por la salud mundial, ha sufrido grandes embates de la marea de la verdad. Al
punto de que han dado tantas contramarchas (por denominarlas con generosidad)
que su credibilidad cayó tan en picada como la fábula de la manzana e Isaac
Newton.
En el
mismo plano se encuentra la vernácula ANMAT, encargada a su vez de controlar
(es un decir) los múltiplos específicos que lanzan infinidad de laboratorios
farmacéuticos sobre nuestra población, desprevenida –en su mayoría- y dócil.
Pero ¿Qué pasó? Veamos.
El
comunicado prohibidor
En esa
marea que aludimos, flota –y sigue haciéndolo- un producto barato, casi
artesanal que, según las experiencias –reiteradas, múltiples- en tanto
recuperación, en días, de infectados por el sospechoso bicho que fue ascendido al
carácter de pandemia justamente por
la modificación que la citada OMS hizo sobre a qué y por qué se determina que
algo es pandemia. Entendamos que esa
organización en la que tanto Soros como Guillermo
Puentes tienen una influencia determinante. (Recordemos, como al pasar, que
el actual director de la influyente organización fue empleado el tal Gillermito y, a su vez, también
integrante de la fundación Open Society, la que pertenece al buitre Soros. Entendamos
que dicho director no es médico ni investigador médico ni virólogo ni epidemiólogo
ni nada, salvo esas dos relaciones mencionadas y que fueron las que impusieron
su nombre para el cargo ya que poseen el 80 por ciento en tanto aportes. El
otro 20 por ciento restante está, ahora, en posesión de China. Casualidad, ¿verdad?
Pues
bien, siguiendo los pasos del fallecido juez Bonadío así como del técnico
trucho que fue convocado por el anterior para que estudiara y dictaminara sobre
el sobreprecio en la compra de gas, ambos dos, en su momento, utilizaron
Internet para encontrar el archivo de conveniencia y, sin pudor alguno,
copiaron y pegaron para firmar luego como del propio coleto. Tanto el juez como
el deshonesto “perito de la acusación”.
Por fin
le tocó a ANMAT
Así las
cosas, la mencionada en el subtítulo entendió que lo correcto y aceptable era
hacer lo mismo que los anteriores, o sea: copiar y pegar.
Esto
mismo hizo la ANMAT, pegando en el comunicado que lanzó hace no más de dos o
tres días y por el que “prohíbe la venta de dióxido de cloro al menudeo” o sea,
“en el ámbito domiciliario”. ¿Se entiende? Pegando lo que copió de una
información de 2004 de una organización norteamericana, la ANMAT “determina”
que si bien el ClO2 se utiliza para desinfectar el agua –que corre por las
cañerías de la capital y el conurbano- haciéndola potable. Es que el ClO2 es
una substancia desinfectante fortísima que oxigena el medio en el que es
incorporada matando bacterias sin piedad.
De modo
que ustedes, nosotros, todos, bebemos agua potable que fue “limpiada” por el
dióxido de cloro. Se entiende, ¿verdad?
La
prohibición de la venta de ClO2 al público en general en el ámbito familiar,
domiciliario la ANMAT lo prohíbe, aclarando que en cantidades industriales para
potabilizar el agua está absolutamente permitido.
Un
último detalle al respecto: Quien provee de las importantes cantidades de dióxido
de cloro a las potabilizadoras de agua no es otro que el multifacético Sigman.
¿Le suena?
Sigman,
dueño de una cadena de laboratorios entre los que se encuentra el que trabaja
en biología humana –Bagó- es el “elegido” por la peligrosa y no probada “vacuna”
de Oxford para que en la Argentina produzca la no-probada vacuna para perseguir
a nuestros habitantes con la vuelta de tuerca que ajusta el Poder Ejecutivo y
el Congreso con la ley de “obligatoriedad” de vacunar a niños, niñas, adultos,
viejos y no sabemos si se salvarían los animales domésticos. Aclaremos, aunque
ya sería redundante, que el peligroso y no-probado específico proviene de Gran
Bretaña por si cupiera duda.
No
consideramos que el sumiso Ejecutivo y sus saltimbanquis de los otros dos
poderes, estén craneando la modificación del Código Penal de la Nación para
incorporar, donde quede mejor, el artículo que sancionará “con cinco a diez
años” a quienes, ejerciendo su derecho sobre su cuerpo y su dignidad personal,
se nieguen a ser pinchados con ese producto de inimaginables consecuencias.
Paremos
la pelota. ¿Por qué decimos de
inimaginables consecuencias?
Porque
la tal supuesta vacuna inglesa no fue probada, es decir, no cumplió con las etapas
ya pautadas por científicos desde Koch en adelante. No hicieron pruebas veraces
en animales –ratón o hurones-; tampoco verificaron las complicaciones que
podrían aparecer de su incorporación al cuerpo humano; no hicieron pruebas de
doble ciego; y no la probaron en humanos. Salvo, claro está, la insólita
alegría que el cupo al Presidente de nuestra casi extinta Argentina, al decir
que era un orgullo haber sido “elegidos” para probar la vacuna.
No crea
que estamos escribiendo mentiras para que, quienes nos lean, se sulfuren (ya
que hablamos de químicos). Todo lo que decimos aquí lo pueden encontrar en
diversos archivos –si es que la censura de Facebook, Youtube- no los borró.
Sólo
les pedimos que piensen, que no coman la tonelada de mentiras armadas como
relatos trágicos que les llegan por la televisión, principalmente. Cuestionen
la veracidad de las afirmaciones y busquen el otro camino –que existe sin
duda-. Si está encarcelado bajo el eufemismo de cuarentena y sigue temiendo asomarse al balcón por miedo a
contagiarse… Lo único que podrá pasarle es que se enfríe en los pocos días de
invierno que se resisten o los muy frescos de la primavera que se acerca, ya
que el bicho en cuestión no se transmite por el aire ni en las ropas ni en nada
que no sea el contacto directo de su boca o su nariz con las gotitas que
expelen los infectados si usted habla con alguno casi tete a tete.
Las demás
medidas de “prevención” son, sin más, las que debemos realizar todo el tiempo
antes de tocar alimentos o volver de la calle o realizar trabajos en los
zócalos o lo que sea. Lavarse las manos es de rigor.
Bien,
aquí dejamos a la espera de que les llegue sin interferencias.
Buenas
noches y buena suerte.
Roberto
Otero
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