Hoy, desde hace un par
de días, el mundo está conmovido por el degüelle de un profesor, en un
instituto francés, a manos de un fanático que, ante la exhibición de una
caricatura de Mahoma, reaccionó mal y zas, le cortó la garganta.
¡Horror! ¡Socorro!
¡Hagamos algo! ¡Esto es una barbaridad! Y otras, muchas, expresiones al paso de
personas sumadas a la indignación o acomodadamente a mano para hacerlo, sobre
todo si había un micrófono y una cámara cercana. Como sea, la indignada
protesta fue, casi, unánime, a cuya reacción tuvieron decisoriamente que ver
los medios de prensa los cuales, aclaremos, también tienen y viven sus propios
fanatismos.
Algo hay que hacer,
dicen y repiten por ahí y más allá, pero ¿Qué? ¿Cómo?
Se nos ocurre que el
tema sería empezar por las religiones
y parando, decreciendo, frenando la característica que todas ellas tienen
respecto de la fe ciega, el dogma y otras minucias deplorables que envuelven
las mentes y trastornas los espíritus.
Modificar, también, el
titulado de épocas en la historia de la humanidad, sacando de su lugar de
letras de molde, lo de “Guerra Santa” y otras mierdas parecidas. Ninguna guerra
es santa ni los que, eventualmente, puedan ganarla serán angelitos. Matar o ser
muerto sólo y porque los valientes van a enfrentarse con otros valientes sólo y
por qué a un grupo de panzones y degenerados les conviene que terminen con
aquellos y estos piensan exactamente igual, va contra natura.
Cambiemos la cultura, en serio y no
de boca en mítines partidarios.
Es, no difícil, muy
difícil, casi imposible si el cambio lo encaramos, por más seriedad que
imprimamos al movimiento, los que logramos sacudirnos la mochila de heces con
la que nos cargaron durante la educación represiva y represora en la cual,
impiadosamente, nos inyectaron los contenidos necesarios para denostar y hasta
odiar al otro “que piensa distinto”. Siempre, por más que usemos el mejor
desinfectante intelectual, quedarán muestras, bacterias fecales. Sabemos los
daños que pueden lograr dichos minúsculos elementos vitales en el cuerpo humano,
pero, mucho más, en su mente.
Si bien podremos
aportar a dicho cambio, el real, el eficiente y efectivo lo será a partir de
los jóvenes y los por nacer. Limpios de herencias agobiantes y partidismos
desgastantes, podrán diseñar un mundo libre de este tipo de bazofias del
pensamiento. También será muy difícil para ellos, porque los habrá más
carismáticos y fuertes frente a otros no tan dotados en la comparación. Pero
esta frase, me suena, también surge de esa otra cultura, angustiante, contra la
que pretendemos la destrucción y cambio.
El mundo, a través de
sus respectivos países, deberá condenar, sin eufemismos ni desplazamientos, la
violencia, la sumisión, la tortura y las muertes por miles de millones.
Empezando, en la actualidad, con esta guerra bacteriológica a la que nos
someten los Gates, Soros, Rockefeller, Roschild y otras malezas destructivas.
Nosotros, ya mismo,
podemos enfrentar las larvas venenosas de tales avances y destruir, sin hacer
la vista gorda, las teorías racistas como las del nazismo y su sucedáneo, el
sionismo. Para esto habrán de acusar y, desde la ONU y desde cada país, el
genocidio progresivo del pueblo palestino a manos de los bien llamados asesinos
sionistas cuyo jefe es el actual presidente de Israel.
En el mismo orden,
todos aquellos movimientos, aparentemente políticos, de raíz separatista,
discriminatorios, en base, mortales para “los de afuera” a tales.
Los autogolpes que
resultan en la muerte de miles de humanos, como vimos, perplejos, el “ataque” a
las torres de Nueva York; o invasiones “liberadoras” llevadas a cabo por el
gendarme yanqui y sus variados y variables aliados.
Terminar con este tipo
de aceptación y justificaciones traídas de los pelos, Acusar sin necesidad de
tanta burocracia, las acciones que, desde el llano y desapercibidas, sumen al
resultado final que será más muerte, más hambre y más desgracia, bajo la
innoble justificación de “la democracia y la libertad”.
A no ser, pensamos
ahora, que los nombrados más arriba, esos que se reúnen en Bildenberg, asuman
como favorable la muerte de unos y de otros así se termina con la supuesta
sobrepoblación y, de paso, ellos, los ideólogos y financistas de tales muertes
al por mayor, no aparecen tan nítidamente responsables.
Entre otras cosas,
cambiar al capitalismo. De esto mismo se trata. Será, entonces, el momento de
destronar a los coronados de Bildenberg y a todos aquellos que fueron
infectados por ese virus letal. Empezando por el destructor de países,
propiciador de guerras, responsable de miles de miles de muertes en el mundo,
un Jano moderno y pérfido como Joe Biden, el actual y nefasto candidato a la
presidencia de los EE.UU., representante de la derecha más ultramontana, del
CFR y del real deep state de ese
país.
¿Me dicen que será lo
mismo actuar así bajo la excusa de “cambiar”? Es posible, pero estamos seguros
de que resultará mucho mejor.
Que la pasen bien.
Roberto Otero

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