En
todos los casos, por más que se busquen argumentaciones para negarlo, la vejez,
el envejecimiento pega tan duro a los humanos lúcidos que no pocas veces, en el
trayecto inexorable hacia sus propias muertes, han jugado con la idea del
suicidio.
A
esa sensación casi tangible de inutilidad que le transmite la sociedad al
viejo, está la cuestión inapelable de su mantenimiento vital. Puede tener una
salud de hierro, como suele decirse, pero si no hay dinero todo se cae
estruendosamente.
Para
colmo, aparecen figuras y personajes como la actual presidenta del Fondo
Monetario Internacional que años atrás lanzó su proclama respecto de la
longevidad de los humanos en los finales del siglo XX y el primer decenio del
XXI, exclamando “Algo hay que hacer con los viejos”. Para ella los pagos de
jubilaciones y pensiones significan una sangría inaguantable para los Estados
que el FMI aprieta con sus pautas ideológicas y políticas de exterminio.
El
ejemplo más claro de esto lo tenemos en la Argentina donde un gobierno
asombroso como el de Mauricio Macri hizo y hace todo lo posible para que los
viejos se mueran rápido sin mandarlos a las cámaras de gas –como suponemos que
sería su deseo-. Quitarle dinero al ANSES del Fondo que asegura el pago de las
jubilaciones, quitar del listado del PAMI infinidad de medicamentos que, en el
mostrador de las farmacias, ascienden sus precios a la estratósfera; reducir el
valor de las jubilaciones a través de las devaluaciones sucesivas que basurearon
nuestra moneda y un largo etcétera que incluye el ninguneo permanente a los
justos reclamos de los viejos.
Como
para menguar estos ataques para los que no se tiene una defensa real y
efectiva, o sea, con miras a vencerlos, existen instituciones que dan una mano
a los viejos. Residencias y hogares incorporan en sus espacios a viejos que
perdieron la salud, la lucidez o que por razones sociales no pueden seguir
solos en una sociedad absolutamente sorda.
Es
para estos últimos que la vejez se les hace más dura, hiriente, casi infame. Es
que manteniendo su lucidez y las funciones intelectuales intactas y con
autonomía física –caminan, corren, se mueven, viajan-, adherirse a normas que
no fueron consensuadas, que le quitan autonomía personal, que le restan
dignidad, forman parte del padecimiento silencioso que cada uno de ellos lleva
encima y que se acaba cuando el sueño, gran reparador momentáneo, llega. Es
como en la cárcel que tanto respetan los presos al sueño de otros presos: “Es
que cuando dormís, sos libre”, contestan cuando se los indaga. Así, los viejos
aludidos.
La
tendencia a la infantilización de los viejos es uno de los factores principales
en el trato cotidiano y, consecuentemente, en las normas –o supuestas normas-
que se dicen existen en cada Hogar. No ya el ominoso trato de “abuelo/abuela”
sino los diminutivos para aludir a esto y lo otro.
En
las comidas también reciben el peso de las miradas del personal de enfermería,
que controlan ¿Qué? Hay acompañantes que con su labor permiten que algunos
viejos que sufrieron ACV u otra dolencia semi-paralizante, puedan comer,
incluso bañarse. Pero ahí debería de termina la intervención “ajena” a los
viejos. Sin embargo, además de repartir los medicamentos para unos y otros en
el festival farmacológico diario, se quedan en los comedores, observan y
también –y es lo peor- hablan entre ellas, con un volumen de voz apropiado para
gritar en una tempestad marina, sobre cuestiones que podrán importarles a ellas
mismas pero que nada significan para los pacientes comensales que, vencidos por
el hambre, comen sin decir esta boca es mía. Es que hablan, las enfermeras, con
tal volumen de voz que es imposible, primero, no escucharlas y, segundo,
entablar una conversación coherente en las mesas.
Ha
de existir, sin duda alguna, una especie de estructura normativa sobre
cuestiones básicas como horarios para desayunar –de tal hora a tal otra-,
almorzar, merendar y cenar. Pero fuera de ese tabicaje, nada. Salvo acordar con
los viejos que están en pleno uso de sus facultades mentales. No se trata de
que enfermeras, médicos, directores o funcionarios políticos pierdan galones en
el camino sino de propiciar un entendimiento social interesante entre unos y
otros. Es que en un Hogar deberían ser, todos, un grupo funcional y organizado.
Unos y otros se dan razón, mutuamente, para existir. Entonces, sería coherente
y deseable que unos y otros también se dieran las pautas y normas de
convivencia que equilibren las relaciones.
Es
difícil, lo sabemos, romper con el aire autoritario que sopla en las mentes de
los argentinos no bien alguno de ellos tenga un cierto poder relativo. Más aún
si hay uniforme y ya llegaríamos al paroxismo si son agentes sanitarios, o sea,
representantes de los semi-dioses que operan sobre la vida y la muerte de los
humanos. Pero debemos condenar al olvido al fascista que todos tenemos dentro y
que aflora en circunstancias como las sintéticamente descriptas más arriba.
Recordemos,
por si se nos olvida, que los viejos, cada uno, tiene su propia historia y que
no por no decirla deja de existir. Por otro lado, cuando un joven mira a un
viejo debe recordar que el viejo piensa que “como te veo, me vi; como me ves,
te verás”.
Sinceramente