Los delincuentes que cesaron en su cargo oficial el pasado
10 de diciembre, cargan sobre sus espaldas con un sinfín de delitos –o que
parecen serlo desde la mirada pedestre de un ciudadano—cuyo diagnóstico o
señalamiento es cotidiano.
A
medida que se avanza sobre áreas a cargo de unos y de otros – principalmente del
Poder Ejecutivo—surgen, como hongos después de la lluvia, actos y hechos que
servirían, con holgura, para hacer que fiscales y jueces dieran con los
responsables de tales desaguisados para llevarlos ante la Justicia y alojarlos
en alguna de las cárceles disponibles. Esto, claro, si fueran los delincuentes
ciudadanos de a pie también. Pero parece que o bien hubo un pacto, convenio o
arreglo a espaldas del pueblo con la inocente intención de que los macristas
dejaran gobernar al nuevo Presidente y sus funcionarios, o bien estos últimos
se encuentran apabullados por tanta desidia puesta en acto que, en el mejor de
los casos y por esos hallazgos, nos lleva a la siempre vigente definición de
que si el error es muy grande deja de ser error.
El caso es que sea por unas o por otras, los delincuentes
siguen libres, gozando del dinero mal habido en estos luctuosos cuatro años de
macrismo. El Presiente repite, cada vez que tiene un micrófono cercano, que él
vino para rescatar a los marginados y hambreados, los débiles del sistema, los
que fueron zaheridos por la oligarquía maléfica (© José L. Torres) instalada en
los resquicios del Estado al que jamás apoyaron ni en el que creen. Muy buenas
intenciones, sin duda alguna. Pero estos esquilmadores, estando libres y
sonrientes es como la mayor tomadura de pelo que debemos sufrir la ciudadanía
de la República.
¿Será muy difícil imputarlos de la repetición delictual que
cometieron a sabiendas para debilitar la potencia de la Argentina y entregarnos
al imperio yanqui atados de pies y manos y con una venda en los ojos?
Roberto Otero

No hay comentarios:
Publicar un comentario