El Hombre es el centro de la organización social que vamos
construyendo desde siempre. Es individuo por lo de indiviso en tanto su relación
con “el Otro” y como ente orgánico y mental; o sea, es uno, ese y no otro. A la
vez está escindido por el lenguaje que lo atraviesa y diluye al punto de
convertirlo en sujeto de ese veleidoso significante que termina dando
significado incluso a lo no-dicho.
Pero nadie debería pedir perdón –que es lo que hace
Fernández eufemizando con “la culpa”—por centrar en el Hombre a la sociedad.
Si, como el dictador genocida que comulgaba aludiendo a dios
como fuente y razón de todas las cosas y luego aceptaba torturas, muertes y
desapariciones, tenía a esa ficción (dios) como el centro de “su” sociedad,
estamos perdidos. Porque siendo esa creencia –y cualquier otra—el centro de la
organización social, los dislates y estropicios serán atribuidos a tal ente inmarcesible,
invisible, intangible y los responsables del desastre quedar impunes porque “la
cosa fue dios y no yo”.
La República debe (y es) ser laica, sin colgar crucifijos a
espalda de los jueces en cuanto juzgado hay –salvo excepciones—ni estampitas de
la figura de un gay rubio de ojos celestes cuando el verdadero Jesus era zabra,
de piel mate, morocho, de pelo enrulado, narigón, de ojos negros y saltones,
como la mayoría de los semitas. Basta de versos.
Roberto Otero
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