Los admiradores de los EE. UU han de mantenerse a
flote sólo porque sus funciones vitales responden y los mantienen vivos. Si no,
es válido considerar que deberían estar contritos y depresivos por el estado de
colonización que los llevó a defender a la segunda nación más importante de la
Tierra. Aclaramos: la primera, sin duda alguna es la Federación Rusa. ¿Por qué
afirmamos esto?
Porque después de 20 años, se repite la denuncia por
fraude en las pasadas elecciones del 3 de noviembre. Aquí nomás. ¿Hay pruebas?
Por supuesto y son de una contundencia apabullante. Para nosotros, argentinos,
afirmar que “votaron los muertos” no revestiría novedad ya que, desde el siglo XIX
hemos leído e informado por esa idéntica práctica. Bueno, pero en la que fue
reputada como el país donde la “democracia” es de una vigencia absoluta, que
hayan votado los muertos es, como poco, para asombrarse.
Del mismo modo que en ciertos Estados de la Unión,
votaron más personas que las registradas en los padrones. Así como
que, en un Estado, con 10 millones de habitantes, no hubiera ni un solo voto a
favor de Trump. Imposible, ¿verdad? Como que tampoco el siniestro Biden sea,
ya, presidente de dicho país. Falta mucho para que se confirme esta mentira, a
la que sumaron sus esfuerzos desde inversionistas de tecnología, armas y otras
lindezas, tanto como medios de comunicación que ametrallaron las mentes con
propaganda, obvia o encubierta, a favor del anciano Biden. Que, además, está,
como decimos en la Argentina, medio gagá,
a fin de no aventurar un diagnóstico médico psiquiátrico que excede nuestra
capacidad cognitiva real. O sea, resumiendo, que ni EE.UU. está exento de
vicios en el funcionamiento de las líneas democráticas asignadas.
Sin embargo, anoche, en la sesión de Diputados, vimos
y escuchamos a diputados del amorfo y dañino grupo político denominado PRO +
Radicales y otras layas, que adoptaron, en primera instancia, el alias de Cambiemos, utilizando discursos de la
época de Raúl Alfonsín cuando éste, sin coerciones, propuso al Congreso la
sanción de la ley de Ahorro forzoso,
así como otros, también aggiornados,
de otros orígenes intelectuales. Fueron eficientes, digo, en los 4 años pasados
bajo la encubierta dictadura del entonces presidente de los argentinos. El
estado calamitoso, pre-colapso total fue obra y decisión de quienes mandaban a
quien, a esta altura de nuestra historia reciente, debería contar los días que
le faltan para salir de su celda a donde debería estar preso, como el jefe de
una banda exterminadora de la potencia argentina; siempre que la Justicia haya
cambiado la pena de muerte por traición a la Patria –caso ARA San Juan- por reclusión por tiempo indeterminado.
Ahora, entre EE.UU. y la sesión de anoche en
Diputados, no hubo coincidencia entre los defensores enfatizados del gran país del Norte, como gustaba
aludirlo Sarmiento (Domingo). ¿Por qué decimos esto? Porque en aquel país el
tema impuestos y gabelas que cobra el Estado –y cada Estado- son una cuestión con
la que no se jode. De hecho, recordemos al violento mafioso Al Capone quién, a
pesar de la ficción de Los Intocables,
terminó en Sing Sing por evasión de
impuestos de su compañía de camiones. Ni balas ni otros ataques lograban
voltear al mafioso. Pero el no pago de
impuestos, sí.
A pesar de lo anterior, los multi-billonarios abogaron por pagar más
impuestos. Ven que lo que les cobran es poco en relación a las fortunas que
poseen y ante el desamparo social de millones de pobres en ese país.
No somos contadores dibujantes de balances, pero
tenemos por cierto que la carga impositiva es de una importancia vital,
llegando, según los casos, a más del
cincuenta por ciento de la suma declarada. Tengo entendido que pueden bajar
ese pago de impuestos invirtiendo en
empresas que funcionen y agreguen trabajo y productos para el Estado; así como
que pueden descontar de esos impuestos, las donaciones reales a fundaciones para la investigación, ayuda social, etcétera.
En la Argentina, hasta anoche, con claridad sin
sombras, fue puesta sobre la mesa esta indignante desigualdad, no tanto por lo
que significa socialmente (aunque es denigrante dicha desigualdad) sino por el
no pago de impuestos por parte de ese grupo de multimillonarios que integran
los cuarenta y cinco millones de habitantes de nuestro país.
El paso de Diputados a Senadores, por mayoría directa en éste último Recinto, hace prever la sanción de la nueva ley y su,
esperamos, rápida puesta en vigencia por parte del Ejecutivo Nacional.
Una anécdota
Mirando bajo el agua, el caso Watergate que, entre sombras e información clasificada dada a un
medio de prensa en particular, terminaron con la Presidencia de Richard Nixon.
Espiar a los adversarios políticos era –es- un crimen grave y, más aún, cuando
el gestor de tal espionaje absolutamente ilegal, negara su responsabilidad
sobre el tema. Como si creyésemos, en nuestro país, que Mauricio Macri no fue
el que ordenó y prohijó el espionaje e información sobre antagonistas políticos
y, aún, sobre sus ¿aparentes? Seguidores y dirigentes de tal especie; llegando al colmo de espiar a los familiares de los 44 héroes del ARA San Juan.
Bueno, Nixon hubo de renunciar a la presidencia. Pero,
nos parece, que la guerra contra
Nixon se inició cuando avanzó sobre las petroleras y otras empresas de
distintos rubros, que hacían impresionantes diferencias económicas en países
lejanos –o cercanos- a EE.UU. y no pagaban ni un peso por tales ingresos. Nixon
avanzó sobre las petroleras en esa situación y comenzó a cavar la tumba donde,
sea por soplos o como organizado por ese capital económico, terminó en lo que
se mundializó –por películas, libros, series- como El Watergate.
Esta anécdota
debería ser incorporada a sus acervos culturales por jueces y fiscales para, al
fin, desembarazarse de arreglos y presiones y hacer lo que Ulpiano definía como
la Justicia, sintetizado en dar a cada uno
lo suyo.
Que estén bien.
Roberto
Otero


