En casi todos los órdenes de la vida cuando se trata de aplicar
conocimiento y praxis a algún proyecto en desarrollo o mejorar lo
que se hereda, se convoca a personas cuya trayectoria personal y
profesional, así no haya título universitario, los habilita con
largueza a ocupar cargos dentro de ese organigrama. Serán
directores, jefes, responsables o como quiera que se les denomine a
los integrantes del equipo, y se tendrá la tranquilidad de saber que
ellos conocen bien el tema que se les confía para desarrollar o
mejorar.
Sin embargo parece
que lo que planteamos en el párrafo anterior no es para nada exacto
ni verdadero cuando se trata de abordar la educación sexual
integral. Aquí aparecen cuestiones que, desde nuestro pedestre
conocimiento ciudadano, no tendrían mucho que ver con la materia de
que se trata.
Por ejemplo, uno se
cuestiona seriamente cuál sería el papel de la iglesia (cualquier
iglesia, agregamos) en torno a la educación sexual integral. Si bien
los judíos tienen a sus rabinos con esposas e hijos, lo cual
favorecería una mirada de conocimiento sobre el tema, la misma sería
parcial dado la implicancia confesional de estos; pero en el caso de
los católicos quedamos poco menos que estupefactos. ¿Por qué?
Es obvio, nos
parece. Los curas, no importa la jerarquía que ostenten dentro de la
pirámide de poder interno, hacen votos y entres estos, se encuentra
el de castidad. O sea que de foqui foqui Margarita, nada. Por
lo tanto ¿De qué podrían hablar en torno a la educación sexual
integral? O son transgresores del voto de castidad propagandizado o,
en todo caso e in extremis, hablan por boca de ganso. Es
decir, de las confesiones de los creyentes sacarán sus propias
conclusiones y sobre éstas pretenderán asesorar a quien les preste
la oreja. Casi lo mismo que se ataca desde la sociedad a fiscales y
jueces que se dejan guiar por informes de inteligencia
sin aporte de pruebas. ¿Verdad?
Pero
lo dicho no adquiriría la gravedad que tiene si no fuera que
funcionarios (nuevos) del área de la Educación Pública
se prosternan ante el estamento de poder interno que posee la iglesia
católica y lo consultan (¡!) sobre la educación sexual integral a
ver qué les parece.
Si de pareceres se trata, nos parece una traición infame al pueblo
ya que la cuestión orgánica y pulsional nada tiene que ver con las
aficiones delirantes ni con creencias atornilladas después de siglos
de vender el mismo best
seller.
Si
en algo hay que modificar la Constitución Nacional es que quitarle
del Preámbulo la manda de pretender someter al pueblo de la
República a inclinarse ante una creencia dada. Es, esto, no solo una
befa sino la traición a la libertad de cultos ya que nos dice que
está bien, crea usted en lo que quiera pero aquí nos hincamos ante
tal creencia. Y repetimos lo de creencia porque su origen es la
ignorancia. Más allá de Nietzsche que decretó la muerte de dios,
nos preguntamos dónde podemos hallar pruebas de la existencia de al
fantasioso personaje sostenido por el grupo de fanáticos que
reescriben el relato incansablemente.
Adherimos,
sin cortapisa, al lema que leímos por ahí alguna vez: No
vengan a rezar a nuestra
Escuela y no iremos a pensar a su Iglesia.
Roberto
Otero




