lunes, 13 de julio de 2020


CAMPEROS: EL RENCOR POR OBLIGARLOS A CUMPLIR LA LEY


Hasta 1943, el conservadurismo hizo lo que quiso para acrecentar sus ganancias y negocios en el campo. Tierras fértiles, cosechas y ganado estupendo y exportable y esclavos de la gleba en lugar de peones en cada establecimiento agropecuario.
Los negocios eran el leit motiv de los oligarcas en el poder político al punto que se negaban a pagar impuestos porque, aducían, que no era lógico que se sometieran a tal succión de sus pingües ganancias cuando, en los hechos, ellos, los funcionarios de entonces, no necesitaban que les pagaran y para las inversiones de políticas activas del Estado (a favor de los desprotegidos y pobres) “podían esperar”.

La patada en el tablero fue impulsada por la decisión de esta gente de poner en la presidencia, para el siguiente período constitucional, a otro esquilmador del trabajador como lo fuera Robustiano Patrón Costas, el salteño dueño de “El Tabacal” que no pagaba a sus trabajadores porque estos no necesitaban dinero; él, con proveedurías, talleres y otras, les brindaba la atención mínima. Lo que consumían en esos negocios se anotaba en las famosas “libretas negras” y era, luego, descontado de los haberes. El resultado siempre exhibía que los trabajadores “estaban aduedando” diversas sumas…

La Revolución de 1943, que cortó esa infamia del “voto patriótico” al que el sinuoso Mitre, Bartolomé, adhería con fervor. Incluso, hasta el prócer con cara de vieja enojada, como Domingo Sarmiento, se abrió de su yunta con Mitre porque, adujo, era mucho el fraude que el dueño del pasquín para los oligarcas realizaba.

Allí, en 1943, aparece el coronel Juan Perón, como representante del GOU y se ubica en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social.
Desde ese estratégico lugar funcionarial, conocedor de muchos de los problemas acuciantes que castigaban al trabajador, destaca los del peón rural, los trabajadores “del campo”. Y puesto a actuar, general el Estatuto Peón Rural que surge como decreto del PEN nro. 28.169 de 1944.

Esta normativa fijó por primera vez, para todo el territorio de la república, condiciones de trabajo humanitarias para los asalariados rurales no transitorios, entre ellas: salarios mínimos, descanso dominical, vacaciones pagas, estabilidad, condiciones de higiene y alojamiento. Este decreto fue ratificado por la ley ómnibus 12.921 y reglamentado por el decreto 34.147 del año 1949.
Ese Estatuto fue un golpe en el corazón de billetes de curso legal en los camperos. ¿Tratar a los peones como seres humanos iguales y, encima, con derechos? ¡Pero habráse visto!

Para colmo, tras cartón, la ciudad de Mar del Plata, que había sido conservada por la oligarquía como una “quinta de verano”, comenzó a poblarse de trabajadores de todos los gremios; se abrieron hoteles, hubo un flujo importante y creciente de “chusma” que ejercieron el derecho de gozar de las playas, del mar, de todo lo que la villa de veraneo podía brindarles, y con mayor potencia, a medida que pasaban los años y el censo marcaba el notable crecimiento de población estable (que no todos eran veraniantes de los 4 meses del verano-otoño).

Los modos, las formas, la vestimenta, el lenguaje de ese magma fue inaguantable para las señoras de esa oligarquía que con sabiduría bautizó J.L.Torres como “La Oligarquía maléfica”.
Pero bochar al conservadurismo del poder, a Patrón Costas como canditato puesto y el Estatuto del Peón Rural significó el germen, la semilla del antiperonismo a ultranza. Tambièn le produjo, a esa oligarquía herida en su falso orgullo, la necesidad de entregarse aún más al poder foráneo, al punto de aliarse con la Embajada de Estados Unidos de Norteamérica en la persona del titular de la misma, Spruille Braden y conformar con éste, como conductor “de afuera”, la Unión Democrática con la que suponían poder vencer a Perón-Quijano en las elecciones de 1946.

Aunque “la grieta” existe desde antes, con Federales y Unitarios o entre entreguistas a Inglaterra y los Nacionales.

Por esto es que los títeres del campo como los gerentes locales de las hectáreas entregadas, son tan fervorosos antiperonistas y, desde 2007, anticristinistas.

Son como los patos criollos, hay que tenerlos a la vista pero no darles importancia. Eso sí, en cuanto se desvíen, como recomendaba Sarmiento desde EEUU aprobando la constitución pro-bancos de 1846, “aplicarles los reglamentos, la policía y los jueces”.

Terminemos de una vez con esas mentes colonizadas e intenciones manifiestas de sumisión. Argentina requiere de mujeres y de hombres con coraje y nacionalismo y no fatuos perfumados que inventan sus hazañas en la barra del Jockey.

Roberto Otero

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