CAMPEROS: EL RENCOR POR OBLIGARLOS A CUMPLIR LA LEY
Hasta 1943, el
conservadurismo hizo lo que quiso para acrecentar sus ganancias y negocios en
el campo. Tierras fértiles, cosechas y ganado estupendo y exportable y esclavos
de la gleba en lugar de peones en cada establecimiento agropecuario.
Los negocios eran el
leit motiv de los oligarcas en el poder político al punto que se negaban a
pagar impuestos porque, aducían, que no era lógico que se sometieran a tal
succión de sus pingües ganancias cuando, en los hechos, ellos, los funcionarios
de entonces, no necesitaban que les pagaran y para las inversiones de políticas
activas del Estado (a favor de los desprotegidos y pobres) “podían esperar”.
La patada en el tablero
fue impulsada por la decisión de esta gente de poner en la presidencia, para el
siguiente período constitucional, a otro esquilmador del trabajador como lo
fuera Robustiano Patrón Costas, el salteño dueño de “El Tabacal” que no pagaba
a sus trabajadores porque estos no necesitaban dinero; él, con proveedurías,
talleres y otras, les brindaba la atención mínima. Lo que consumían en esos
negocios se anotaba en las famosas “libretas negras” y era, luego, descontado
de los haberes. El resultado siempre exhibía que los trabajadores “estaban
aduedando” diversas sumas…
La Revolución de 1943,
que cortó esa infamia del “voto patriótico” al que el sinuoso Mitre, Bartolomé,
adhería con fervor. Incluso, hasta el prócer con cara de vieja enojada, como
Domingo Sarmiento, se abrió de su yunta con Mitre porque, adujo, era mucho el
fraude que el dueño del pasquín para los oligarcas realizaba.
Allí, en 1943, aparece
el coronel Juan Perón, como representante del GOU y se ubica en la Secretaría
de Trabajo y Previsión Social.
Desde ese estratégico
lugar funcionarial, conocedor de muchos de los problemas acuciantes que
castigaban al trabajador, destaca los del peón rural, los trabajadores “del
campo”. Y puesto a actuar, general el Estatuto
Peón Rural que surge como decreto del PEN nro. 28.169
de 1944.
Esta
normativa fijó por primera vez, para todo el territorio de la república,
condiciones de trabajo humanitarias para los asalariados rurales no
transitorios, entre ellas: salarios mínimos, descanso dominical, vacaciones
pagas, estabilidad, condiciones de higiene y alojamiento. Este decreto fue
ratificado por la ley ómnibus 12.921 y reglamentado por el decreto 34.147 del
año 1949.
Ese
Estatuto fue un golpe en el corazón de billetes de curso legal en los camperos.
¿Tratar a los peones como seres humanos iguales y, encima, con derechos? ¡Pero
habráse visto!
Para
colmo, tras cartón, la ciudad de Mar del Plata, que había sido conservada por
la oligarquía como una “quinta de verano”, comenzó a poblarse de trabajadores
de todos los gremios; se abrieron hoteles, hubo un flujo importante y creciente
de “chusma” que ejercieron el derecho de gozar de las playas, del mar, de todo
lo que la villa de veraneo podía brindarles, y con mayor potencia, a medida que
pasaban los años y el censo marcaba el notable crecimiento de población estable
(que no todos eran veraniantes de los 4 meses del verano-otoño).
Los
modos, las formas, la vestimenta, el lenguaje de ese magma fue inaguantable
para las señoras de esa oligarquía que con sabiduría bautizó J.L.Torres como “La
Oligarquía maléfica”.
Pero
bochar al conservadurismo del poder, a Patrón Costas como canditato puesto y el
Estatuto del Peón Rural significó el germen, la semilla del antiperonismo a
ultranza. Tambièn le produjo, a esa oligarquía herida en su falso orgullo, la
necesidad de entregarse aún más al poder foráneo, al punto de aliarse con la
Embajada de Estados Unidos de Norteamérica en la persona del titular de la
misma, Spruille Braden y conformar con éste, como conductor “de afuera”, la
Unión Democrática con la que suponían poder vencer a Perón-Quijano en las
elecciones de 1946.
Aunque “la grieta”
existe desde antes, con Federales y Unitarios o entre entreguistas a Inglaterra
y los Nacionales.
Por esto es que los
títeres del campo como los gerentes locales de las hectáreas entregadas, son
tan fervorosos antiperonistas y, desde 2007, anticristinistas.
Son como los patos
criollos, hay que tenerlos a la vista pero no darles importancia. Eso sí, en
cuanto se desvíen, como recomendaba Sarmiento desde EEUU aprobando la
constitución pro-bancos de 1846, “aplicarles los reglamentos, la policía y los jueces”.
Terminemos de una vez
con esas mentes colonizadas e intenciones manifiestas de sumisión. Argentina
requiere de mujeres y de hombres con coraje y nacionalismo y no fatuos
perfumados que inventan sus hazañas en la barra del Jockey.
Roberto Otero
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