UNA MIRADA: LOS VIEJOS
Con la pandemia se definió a los adultos
mayores como población en riesgo, a pesar que el promedio de infectados por el
Covid 19 es de entre 35 y 45 años. Pero no es el caso. Se trata de “los viejos”
y a pesar de lo que dijera la crápula Lagard cuando era la autoridad del FMI en
el sentido de que “algo hay que hacer con los viejos”, estos siguen gozando de
buena salud. A pesar de los riesgos de contagio a los que están expuestos.
Los viejos son, por empezar, seres humanos
iguales a unos y a otros, sin importar el color de la piel ni las creencias ni
otras cuestiones. Como seres humanos tienen, cada uno, la dignidad que se les
otorga por derecho natural y nadie, salvo en situaciones de excepción donde la
despocracia sea ley, nadie ni ninguno tiene el más mínimo derecho de ejercer
maltrato sobre ellos. No importa de dónde provengan ni lo que piensen. Esta es
la única premisa que define el resto y sin peros.
De aquí que el trato hacia los viejos ha de
ser, siempre, respetuoso por más confianza que se haya logrado con alguno de
ellos. Las voces autoritarias, las órdenes expresadas casi a los gritos, la
disminución de esa dignidad aludiéndolos como “niñas o niños” en un
kindergarden o expresiones similares deberían ser descartadas por quienes con
ellos tienen trato permanente. Sobre todo y principalmente en lugares de “larga
estadía” (eufemismo para significar “hasta la muerte” o bien “hasta que puedan
pagar la estadía”).
Una de los hábitos bastardos del lenguaje
popular transforma a los señores de edad en “abuelos”. Este lesivo hábito se
extendió al personal de enfermería –en realidad no difieren mucho en el origen
y por ende se sienten cómodos con esa forma- y hasta a los médicos que tratan a
los residentes o internados “el abuelo de la cama tal…”. Un dislate.
¿Por qué la palabra “viejo” está
desprestigiada. No se entiende. Será porque el lumpen está habituado a expresar
lo de “viejo de mierda” o “viejo choto”. Pero la palabra judío no está
desprestigiada aunque también el lumpen exprese “judío de mierda”. El viejo es
viejo. No otra cosa.
Luego, ya metidos en algunos institutos,
geriátricos, hogares, se constata que el trato es como a niños en un jardín de
infantes. Se pretende, así y según las declaraciones de algunas de las personas
que así se expresan, de “muestras de cariño”. Que se dejen de joder. Buen
trato, digno y que las muestras de cariño se expresen, justamente, por ese
trato y no por argucias del lenguaje absurdo.
La otra variante es cuando personal 2¡de 2¡enfermería
o. aún, de maestranza, apuran a los viejos para que hagan o no hagan algo. El
típico “¡Vamos,Vamos!” más adecuando con policías en tiempos de dictadura con
Estado de Sitio que enfatizando un movimiento de viejos.
Este tipo de tratos son los que se deben
extirpar de la mente distorsionada del personal, no interesa cuál sea su
categoría en el gallinero escalafonario.
Por último, cuando los jóvenes observan a los
viejos con cierto desdén y en pocos casos, conmiseración, debería recordárseles
que un viejo sabio les dijo: “como te veo, me vi; como me ves, me verás”.
Roberto Otero
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