En aquella época no
tenía idea de cómo jugaban sus cartas los partidos políticos. Tenía, esto sí,
clara conciencia de que tanto mi tía, mi padre, mi tía política y mi prima
tenían algún encono con el Presidente, a la sazón, un señor que veía a veces en
las fotos de tapa de los diarios y que se llamaba Perón; Juan Perón. El único
que me sonreía cuando le preguntaba por ese señor era un “agregado” a la
familia, Carlos Belmunt. Fuerte como pocos había acompañado a mí padre en sus
correrías de juventud y siempre recordaba que había sostenido a un hombre por
el cuello, levantándolo varios centímetros del suelo, en alguna de las
innumerables peleas “a puños” en las que se metía mi viejo. Ese hombre, Carlos,
era, para mí tía “un peronacho”.
Le tenía yo alta simpatía, hasta afecto y,
aunque no lo pareciera, me dolía cuando esa tía hermosa, rubia, alta, de ojos
azules y un cuerpo de Venus pero con brazos, lo maltrataba. De palabra, claro.
No era algo agresivo realmente, pero contenía el evidente y audible desdén de
alguien que le habla a un inferior. Eso me daba más bronca. Para colmo, fuera
de esa casona de Palermo, iba a un colegio “de curas” donde era muy difícil
encontrar alguna sotana que hablase bien del Presidente. Vamos, que me crié en
un nido de radicales de entonces, antiperonistas acérrimos y seguidores del
golpeador de la puerta de los cuarteles como lo fue el Chino Ricardo Balbín.
Pero llegado el mes de
julio de aquel entonces, el ambiente en la casa era raro, como si hubiera
explotado un tanque de formol en cercanías. Entre tías, padre y prima se
cruzaban miradas pesadas de mensajes indescifrables para mí. Respondían con un
intento de sonrisa, a veces y otras, con caras más largas que de costumbre. “¡Hasta
cuándo!” oía al pasar, alguna vez, luego de esas miradas mensajeras. No tenía
la menor idea de lo qué sucedía, aunque algo husmeaba. En el colegio, algunas
sotanas hablaban entre ellas de “cáncer” y “le falta poco” o las exclamaciones
que me parecían abyectas sin saber muy bien de qué iban, cuando alguno de los
viejos curas exclamaba “¡Hasta cuándo!”.
Pero en la ciudad
sentía una pesadez ambiental, al menos a donde me llevaba mi madre que, aclaro,
era una española castañuelas alejada años luz de ese suburbio de la
maledicencia que imperaba en la casa de Palermo. Percibía algo así como un
silencio que avanzaba como las nubes de una tormenta. Había, claro, grupos que
se divertían o al menos eso parecía por las risas altisonantes con las que se
expresaban y hacían ver. Aunque en general, la pesadumbre innominada descendía
sobre la ciudad con la inexorabilidad de un destino inexorable.
De pronto no fui al
colegio; Se habían suspendido las clases. Ahí fue mi madre la que me explicó
que Evita estaba muy enferma. Me lo dijo reteniendo las lágrimas que golpeaban
detrás de sus ojos y nublaban de tristeza su siempre alegre mirada. Ver a mi
madre así acongojó mi corazón y, como único remedio que me inculcaran hasta
entonces, recé en el silencio de mi mente para que esa señora, Evita, se
curase.
Una de esas noches de
julio –porque antes, me parece, el invierno era más notable y la noche llegaba
sin timideces- estaba yo sentado en la alfombra cerca de la puerta que daba al
vestíbulo, en el cuarto de mi abuela y de mi tía. La radio estaba encendida
porque ellas escuchaban una de las tantas novelas que se irradiaban.
De pronto se terminó el
diálogo que se escuchaba y la voz bien templada de un locutor dijo: “Cumple la
Secretaría de Información de la Presidencia de la Nación con el penosísimo
deber de informar al pueblo de la República que a las 20:25 horas ha fallecido
la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación; Los restos de la señora Eva
Perón serán conducidos mañana, en horas de la mañana, al ministerio de Trabajo
y Previsión donde se instalará la Capilla Ardiente”.
No pude reaccionar de
otro modo que no fuera llorando. Surgió ese llanto, no sé, desde el estómago, incontenible. Tuve mi
primer encontronazo con “dios” porque no le hiciera caso a mis rezos. Después
vi la cara de mi tía, allá lejos de mí, acodada en el señorial lecho de mi
abuela, y no digo que fuera un rostro sonriente pero no se percibía ni una
pizca de pesar en él.
Por Evita, no tengo
duda alguna, fue que descubrí al peronismo, a la solidaridad en la piel que
ejercían los que siendo “los grasitas” vivaban desde el corazón a una mujer que
fue, sin ambages, la luchadora incansable por el derecho de los sometidos, los
marginados, los esclavizados por aquella oligarquía que no los consideraba sino
bestias de carga.
Luego, las muestras de
pesar expresadas en crespones negros en las banderas a media asta que apenas
flameaban en sus mástiles de oficinas públicas o colgadas de miles de balcones, agobiadas por la lluvia que
parecía lo obvio: lágrimas del cielo por la muerte de quien, como Evita, fuera
y a partir de su muerte empezó a ser, no sólo la Jefa Espiritual de la Nación
sino la esperanza cierta de que todo era posible si nos uníamos contra los
esclavistas, los entregadores, los sometidos a las empresas foráneas en
desmedro de las nuestras, pocas pero firmes.
Evita, “esa mujer” genial
ella y genial lo de Walsh, fuerza de latido imparable que comenzó a vivificar
nuestras vidas después de su dolorosa muerte.
Hoy, 26 de julio de
2020, 68 años después, Evita sigue viva, latiendo en nuestros corazones, guía
de los sometidos para la liberación. “Donde hay una necesidad nace un derecho”,
fue lo que nos dijo Evita y que sigue siendo norma cuando un gobierno
peronista accede al poder por la fuerza de los votos.
Eterna Evita, mil veces
gracias.
NOTA: Sin duda que fue Evita la que me captó en mi tempranísima adolescencia hacia el peronismo. Pero sin la presencia de Carlos Belmundt, el destrato que sufría y siempre su sonrisa para saludar, hablar con afabilidad y mantener, incólumes, las banderas de Perón y Evita. El fue el sembrador. Algo me molestaba de lo escrito y publicado, por eso reparé el daño con esta parrafada.
NOTA: Sin duda que fue Evita la que me captó en mi tempranísima adolescencia hacia el peronismo. Pero sin la presencia de Carlos Belmundt, el destrato que sufría y siempre su sonrisa para saludar, hablar con afabilidad y mantener, incólumes, las banderas de Perón y Evita. El fue el sembrador. Algo me molestaba de lo escrito y publicado, por eso reparé el daño con esta parrafada.

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