domingo, 26 de julio de 2020

UNA FRÍA Y TRISTE NOCHE DE JULIO




En aquella época no tenía idea de cómo jugaban sus cartas los partidos políticos. Tenía, esto sí, clara conciencia de que tanto mi tía, mi padre, mi tía política y mi prima tenían algún encono con el Presidente, a la sazón, un señor que veía a veces en las fotos de tapa de los diarios y que se llamaba Perón; Juan Perón. El único que me sonreía cuando le preguntaba por ese señor era un “agregado” a la familia, Carlos Belmunt. Fuerte como pocos había acompañado a mí padre en sus correrías de juventud y siempre recordaba que había sostenido a un hombre por el cuello, levantándolo varios centímetros del suelo, en alguna de las innumerables peleas “a puños” en las que se metía mi viejo. Ese hombre, Carlos, era, para mí tía “un peronacho”. 

Le tenía yo alta simpatía, hasta afecto y, aunque no lo pareciera, me dolía cuando esa tía hermosa, rubia, alta, de ojos azules y un cuerpo de Venus pero con brazos, lo maltrataba. De palabra, claro. No era algo agresivo realmente, pero contenía el evidente y audible desdén de alguien que le habla a un inferior. Eso me daba más bronca. Para colmo, fuera de esa casona de Palermo, iba a un colegio “de curas” donde era muy difícil encontrar alguna sotana que hablase bien del Presidente. Vamos, que me crié en un nido de radicales de entonces, antiperonistas acérrimos y seguidores del golpeador de la puerta de los cuarteles como lo fue el Chino Ricardo Balbín.


Pero llegado el mes de julio de aquel entonces, el ambiente en la casa era raro, como si hubiera explotado un tanque de formol en cercanías. Entre tías, padre y prima se cruzaban miradas pesadas de mensajes indescifrables para mí. Respondían con un intento de sonrisa, a veces y otras, con caras más largas que de costumbre. “¡Hasta cuándo!” oía al pasar, alguna vez, luego de esas miradas mensajeras. No tenía la menor idea de lo qué sucedía, aunque algo husmeaba. En el colegio, algunas sotanas hablaban entre ellas de “cáncer” y “le falta poco” o las exclamaciones que me parecían abyectas sin saber muy bien de qué iban, cuando alguno de los viejos curas exclamaba “¡Hasta cuándo!”.


Pero en la ciudad sentía una pesadez ambiental, al menos a donde me llevaba mi madre que, aclaro, era una española castañuelas alejada años luz de ese suburbio de la maledicencia que imperaba en la casa de Palermo. Percibía algo así como un silencio que avanzaba como las nubes de una tormenta. Había, claro, grupos que se divertían o al menos eso parecía por las risas altisonantes con las que se expresaban y hacían ver. Aunque en general, la pesadumbre innominada descendía sobre la ciudad con la inexorabilidad de un destino inexorable.


De pronto no fui al colegio; Se habían suspendido las clases. Ahí fue mi madre la que me explicó que Evita estaba muy enferma. Me lo dijo reteniendo las lágrimas que golpeaban detrás de sus ojos y nublaban de tristeza su siempre alegre mirada. Ver a mi madre así acongojó mi corazón y, como único remedio que me inculcaran hasta entonces, recé en el silencio de mi mente para que esa señora, Evita, se curase.


Una de esas noches de julio –porque antes, me parece, el invierno era más notable y la noche llegaba sin timideces- estaba yo sentado en la alfombra cerca de la puerta que daba al vestíbulo, en el cuarto de mi abuela y de mi tía. La radio estaba encendida porque ellas escuchaban una de las tantas novelas que se irradiaban.


De pronto se terminó el diálogo que se escuchaba y la voz bien templada de un locutor dijo: “Cumple la Secretaría de Información de la Presidencia de la Nación con el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20:25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación; Los restos de la señora Eva Perón serán conducidos mañana, en horas de la mañana, al ministerio de Trabajo y Previsión donde se instalará la Capilla Ardiente”.


No pude reaccionar de otro modo que no fuera llorando. Surgió ese llanto, no sé,  desde el estómago, incontenible. Tuve mi primer encontronazo con “dios” porque no le hiciera caso a mis rezos. Después vi la cara de mi tía, allá lejos de mí, acodada en el señorial lecho de mi abuela, y no digo que fuera un rostro sonriente pero no se percibía ni una pizca de pesar en él.


Por Evita, no tengo duda alguna, fue que descubrí al peronismo, a la solidaridad en la piel que ejercían los que siendo “los grasitas” vivaban desde el corazón a una mujer que fue, sin ambages, la luchadora incansable por el derecho de los sometidos, los marginados, los esclavizados por aquella oligarquía que no los consideraba sino bestias de carga.


Luego, las muestras de pesar expresadas en crespones negros en las banderas a media asta que apenas flameaban en sus mástiles de oficinas públicas o colgadas de miles de balcones, agobiadas por la lluvia que parecía lo obvio: lágrimas del cielo por la muerte de quien, como Evita, fuera y a partir de su muerte empezó a ser, no sólo la Jefa Espiritual de la Nación sino la esperanza cierta de que todo era posible si nos uníamos contra los esclavistas, los entregadores, los sometidos a las empresas foráneas en desmedro de las nuestras, pocas pero firmes.


Evita, “esa mujer” genial ella y genial lo de Walsh, fuerza de latido imparable que comenzó a vivificar nuestras vidas después de su dolorosa muerte.


Hoy, 26 de julio de 2020, 68 años después, Evita sigue viva, latiendo en nuestros corazones, guía de los sometidos para la liberación. “Donde hay una necesidad nace un derecho”, fue lo que nos dijo Evita y que sigue siendo norma cuando un gobierno peronista accede al poder por la fuerza de los votos.


Eterna Evita, mil veces gracias.

NOTA: Sin duda que fue Evita la que me captó en mi tempranísima adolescencia hacia el peronismo. Pero sin la presencia de Carlos Belmundt, el destrato que sufría y siempre su sonrisa para saludar, hablar con afabilidad y mantener, incólumes, las banderas de Perón y Evita. El fue el sembrador. Algo me molestaba de lo escrito y publicado, por eso reparé el daño con esta parrafada.

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