Corría el
año 97 del siglo pasado en la ciudad del golfo San Jorge, pomposamente
bautizada “La Capital del Petróleo”, o
sea, Comodoro Rivadavia. Como en todas ciudades que crecen, se expanden y en
las que hay trabajo para quien quiera trabajar, se fueron formando barrios en
los límites de lo que antes era el núcleo del casi humilde poblado, donde
ovejeros y petroleros cortaban todo en el pago.
Con el
tiempo, los barrios alejados se fueron integrando, ediliciamente también y
otros, más lejos, conformaron el cinturón marginal. También en los cerros que
parecían proteger el flanco Norte de la ciudad. Al igual que las favelas de Río
de Janeiro, las casas fueron erigiéndose en las laderas, cada vez más
organizadas hasta que se cambiaron chapas de zinc por ladrillos y cemento.
Vista desde
un satélite, Comodoro Rivadavia compite con la ciudad flotante de pesqueros
piratas que se juntan màs allá de las 200 millas náuticas y que ingresan a la
Zona Económica Exclusiva para depredar los cardúmenes y los langostinos y lo
que sea. La luz que emite la ciudad en tierra es, apenas más importante que los
focos de los barcos factoría y pesqueros.
Es, por las
noches, justamente, por la carencia de iluminación pública de aquella época en
los barrios marginales –apenas una lamparita iluminando con esfuerzo las
esquinas difusas de las calles de tierra-, cuando los ladrones y otras infamias
salían a por sus potenciales víctimas.
Una casa con sorpresa
Una pequeña
banda –tres individuos- decidieron “entrarle” a una casa en los bordes del
centro de la ciudad, en un barrio muy paquete y tranquilo.
Forzaron la
reja, la puerta del fondo, ingresaron y para sorpresa, en la total oscuridad de
una noche oscura, fueron, los tres, enceguecidos por una explosión de luz y el
ruido atronador del disparo de una “cuatro
y medio”. Los dos intrusos que habían
quedado cerca de la puerta violada, huyeron raudamente hacia el fondo por el
que entraran, pero el otro delincuente, herido en el costado izquierdo y
desplazado por el impacto varios metros hacia atrás, se despatarró en el
embaldosado pasillo con la expresión de sorpresa en su rostro, más que de
dolor.
El dueño de
casa, autor del disparo vengador, llamó al 911 y atendió al herido que, a esa
altura, era más el terror que el dolor. Llegaron los de uniforme y una
ambulancia que trajeron para levantar los, supuestamente, despojos del ladrón
al que, presuntamente, daban por muerto.
Pero no, el
caco sobrevivió luego de una larga internación en el Hospital Regional y la
pericia técnica de médicos y enfermeras en la Unidad de Cuidados Intensivos. Un
éxito para la medicina, llegaron a calificarlo los diarios de la ciudad y aún
radios y canales de televisión.
Es verdad.
La Medicina podía sentirse orgullosa de tener tales profesionales bajo su
manto. Pero cuando le tocó el turno a la Justicia, las cosas cambiaron
bastante.
Ojo que todos vivimos aquí
Comodoro no
dejó, para entonces, de ser el pueblo del que nació. El dicho más repetido y
habitual era ese de que “somos pocos y nos conocemos todos”, dicho con diversos
tonos según la ironía, maledicencia o aprobación que se expresara según el
caso. Aunque en el ámbito de la Justicia el dicho pasaba a ser casi ley para
jueces, fiscales y abogados. Podía traducirse como “Ojo con fulano que es amigo
nuestro”, pueden decir los lúmpenes como amenaza sin velo a quienes deben ser
el respaldo de la ciudadanía honesta. Por ahí se escurre, entonces, el derecho, la
libertad y al fin, la democracia. Pero éste es otro tema, conexo pero no para
ahora.
El caso es
que el ladrón herido y revivido en el hospital, utilizó los más perfilados y
exquisitos aparatos de la ingeniería médica; y también fueron exquisitos los
honorarios y costo del uso de tales maravillas. Atención, comidas, todo fue
sumando una cuenta abundante que dormía, aparentemente en calma, dentro del
expediente iniciado horas después de la intervención de la policía en el
domicilio vejado por la banda.
“…pero más sabe por diablo”
Cuando el
leguleyo que tomó el caso del dueño de la vivienda, el del disparo de la “cuatro
y medio”, se asombró –y no es poco decir-. Es que en las testimoniales y la
indagatoria que lograron efectuarla en la cama del hospital donde estaba el
chorro, surgía que el violador del domicilio con intención de robo era, sin
eufemismos, la víctima sufriente de un bestia enloquecido que, según esa
testimonial o indagatoria, le había disparado sin razón ni motivo cuando
ingresó a la vivienda pidiendo ayuda. ¿Entienden, verdad?
Para
hacerla corta, el dueño de casa, poseedor legítimo del arma de guerra, que le
disparó a uno de los tres antisociales que irrumpieron en su domicilio en la
noche, terminó pagando todos los gastos que demandó la recuperación del chorro
y pagando una “indemnización” a favor de la otra banda, o sea la familia del
herido.
¿Qué no es
posible? Vayan a buscar los archivos del Fuero Penal en Comodoro Rivadavia del
año 97 y encontrarán el caso.
Pero no
termina aquí la historia. Cuando el que defendió su casa de tres delincuentes salía,
atribulado, del juzgado penal donde se enteraba del resultado, una persona bien
vestida, con aire de ser o juez o algo importante dentro del escalafón
judicial, se le acercó y tomándolo del brazo, le susurró: “La próxima vez, dos tiros en el
pecho y adiós. No hay indagatoria ni testimonial. Los muertos no hablan.
Acuérdese, amigo…” y se alejó, dejando paralizado al ya apaleado dueño de
la casa violada.
¿Conclusión?
Ah, no. Sáquela usted. Yo tengo la mía y coincide con la sugerencia del
desconocido.
Roberto
Otero
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