Las evidencias de las curas de los infectados, en cualquier nivel de gravedad, resultan más que concretas y ejemplificadoras como para exigir al gobierno que asuma esas pruebas irrefutables y, en consecuencia, deje de censurar, prohibir y perseguir a médicos y científicos que, con los diversos tratamientos aplicados, sean, finalmente, llamados a establecer terapéuticas efectivas antes que dejar que las cosas tomen su curso. Que no es otra cosa que el curso cierto hacia más muertes evitables.
No
podemos entender la obstinación del actual presidente que, sin razón suficiente
para ello, adhiere a las mandas equívocas y contradictorias de la organización
encargada –supuestamente- de la salud mundial. Hasta ahora, además de las idas
y venidas que dictara tal organismo, los resultados no han sido, ni de lejos,
aquellos que se esperaba. Entonces ¿Cuál es la razón que solventa tal
obstinación presidencial?
Se nos
hace duro, antes que difícil, presumir de que exista algún tipo de complicidad,
del presidente y del actual equipo de Salud, con quienes impulsan acciones en
contra del pueblo con el objetivo global de dominar y de someter. Hasta el
presidente Trump, que si hay un patriota ahí lo tenés, fue quien expulsó a uno
de esos coludidos –el de las computadoras- y tiene en la mira al socio con
quien, vos Alberto y vos Cristina, recibieron y se juntaron en alegre montón. No
sabemos qué pensar, realmente.
La
ineptitud se nos hace muy clara y evidente. Basta con ver caminar al rengo para
darse cuenta de que es rengo. Lo mismo con el Presidente y su cohorte de
temerosos pero vivos alcahuetes. A los que, de a poco, se van sumando otros
alcahuetes que ya venían de antaño siéndolo, pero no habían, aún, adquirido
cierta notoriedad. Es lamentable, hiriente y enfermante, por no usar otras
palabras mucho más gráficas, ver cómo se destruye nuestro país, nuestra Patria,
con la sonrisa idiota del fijador con aerosol y los eunucos con tapabocas que
miran como muñecos de cera al que dice nada y hace mucho pero mal y para
jodernos cada vez más.
Sin
duda que la OMS deberá hacerse cargo de las muertes habidas, del genocidio
programado, pero vos, Alberto y tu corte, también deberán responsabilizarse y
no sólo por el daño inferido a nuestra Argentina sino, y principalmente, por
ser cómplice principal del genocidio en curso.
Todo va
a cambiar, Más bien: todo TIENE que cambiar. Y para que tal suceda, ninguno de
los cómplices actuales ha de quedar en sus puestos, viviendo de lo que cada ciudadano
aporta con impuestos y gabelas –las que ya no puede afrontar-. Basta de cipayos
entregadores y lacayos lameculos.
Seremos
la Argentina que debe ser y que, a pesar de todo, lo era, o desapareceremos –al
menos quienes así pensamos- de la faz de nuestro territorio. Nos es imposible
suponernos viviendo en la mazmorra disfrazada de república mientras los chicos
se mueren de hambre, los padres se mueren por carencia de alimentación y salud
y los viejos nos morimos casi por ósmosis.
Es hora
ya. No hay más tiempo.
Roberto
Otero
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