Días atrás participamos en una charla que derivo debate, muy interesante desde nuestro punto de vista. Se trató el tema de las reparaciones a las familias de los muertos durante la época negra que comandó José Alfredo Martínez de Hoz y tuvo como lugarteniente y cara visible al general Jorge Videla.
Un sector
de aquella reunión centraba su ponencia en que lo sucedido desde 1976 a 1983, con las distintas alternativas luctuosas que
hubo en ese lapso, se había tratado de una guerra. Mientras que el otro sector
abogaba por la teoría del terrorismo de Estado.
Decimos “a más” de esa
cifra porque recordamos la carta final de Rodolfo Walsh que, en 1977,
denunciaba a la Junta de Comandantes presidida por Videla, que ya al finalizar
ese año eran más de 15.000 los desaparecidos y asesinados, pertenecientes, las
víctimas, por un algo porcentaje a militantes y dirigentes de base y medios del
Peronismo. Luego, también, periodistas, algunos empresarios y estudiantes,
entre otros. Pero el dato que da Walsh en Carta
a las Juntas es significativo porque, si tomamos a 1977 como un hito, le
siguieron 7 años de dictadura genocida, haciendo la salvedad de nuestros héroes
de Malvinas.
Tomando la cifra de
Walsh en el ’77, tendríamos que durante esos 9 meses (24 de marzo ‘76
Al 24 de marzo del ’77
las fuerzas armadas y de seguridad mataron 1. 666 por mes. Suponiendo que la
vehemencia asesina haya durado hasta el Mundial de Fútbol de 1978, cuando el
almirante Masera arregló con Firmenich que no hubiera ninguna acción subversiva
durante la duración del campeonato, del 25 de marzo de 1977 a junio de 1978, se
habrían asesinado al mismo promedio, llegaríamos a la cifra de 28.322 muertos.
Sumados los denunciados por Walsh en el ’77, nos darían la cifra de 43.322 muertos-desaparecidos.
Hablamos de junio de 1978. Luego del Mundial, tal vez la enjundia asesina bajó
de intensidad. Pongamos a la mitad. Entonces entre 1978 y 1982 (Malvinas), los
muertos-desaparecidos habidos habrían llegado a ser, en 29 meses más, 24.157.
Concluyamos en que, por este cálculo arbitrario fundado en la cobardía de las
fuerzas armadas de no dar las cifras correctas, así como el destino final de
detenidos-desaparecidos, nos llevaría a la cifra de 67.479 muertos.
La reparación
económica –que nada significa, realmente, para cualquier familia cuando ese
dinero pretende suplir la ausencia del ser querido- estuvo, lógicamente,
aplicada a los “cálculos oficiales”, en las que el hincado de Carlos Menem
habló de 8.000 –sacada, la cifra, del escaso y sospechoso “Nunca Más” escrito por
un ex comunista de la Unión Democrática de Spruil Braden (A la sazón embajador norteamericano) y una definida gorila como
Magdalena Ruiz Guiñazú, todo bajo la sombra radical que, históricamente
sabemos, tuvo mucho que ver en el ignominioso golpe de 1976 cuando, poco antes
de producirse, Ricardo Balbín (a)El Chino,
con esa voz cascada y grave, mirando un poco a la cámara y luego bajando los
ojos, profirió “No hay más nada que hacer”. [Acotación: recordemos las veces que el mismo sujeto golpeó las puertas
de los cuarteles para alentar golpes de Estado, y más aún cuando Arturo
Frondizi lo desplazó con la UCRI en lugar de la conservadora pro-milica UCR del
Pueblo y logró la Presidencia; y también contra su correligionario, aunque de
opinión contraria, actuó pro-golpe el citado personaje del alias].
Entonces, en ese
armado, seguramente por concertación, se estableció fehacientemente que los desaparecidos eran no más que 8.000. Lo
aceptó Raúl Alfonsín con el apoyo irrestricto de Menem lo hizo. (Otra traición de la comadreja riojana).
Hasta aquí, por más o
por menos, debatiendo cifras y presupuestos, está bien, realmente bien, que las
familias de los desaparecidos reciban, el Estado Argentino, una reparación
dineraria. Porque además del sufrimiento personal y familiar, no tuvieron
oportunidad alguna de saber dónde estaban los cadáveres de sus hijos, maridos,
nietos y ni siquiera si estaban o habían sido cremados o arrojados a las aguas
del río o del mar, como luego pudo establecerse con certeza.
Conclusión: una verdadera
hijoputez.
Pero observemos la
otra parte del todo. Las de las familias de los soldados y militares que
actuaron durante esa época de mierda.
Así como terminamos
siendo lo que mamamos desde chicos en nuestros hogares, más que en la escuela, la
educación de los cuadros militares no tuvo mucha oportunidad, en sus primeros
años, de acceder a otras fuentes de información que no fueran las que provenían
del oprobioso “partido militar” que sobrevivía a pesar de elecciones y
altercados. Para esos chicos –primero- y jóvenes oficiales –después- la
monserga del populismo nefasto y de la invasión de cabecitas negras, tanto
como el sonsonete de la corrupción,
fueron, entre otros más, el leit motiv
que escucharon, con machaque goebbeliano, durante su formación. Pocos, es
cierto, tuvieron oportunidad de zafar de esa colonización mental –dado que
Perón, tan luego, era militar, camarada y esto fue lo mucho que influyó en el
pedante Lanusse para pretenderse el salvador, además de adoptar el estilo de
gorra que usaba “El General”-; hubo dos fracciones, claro y que se pelearon,
como dijo Tato Bores, contando los tanques que cada sector tenía: el que tenía
más, ganó… Pero el caso es que a Perón le dio el cuero que Lanusse dudaba,
volvió dos veces –la segunda para quedarse y morir-, y con una jugada de
campaña, dado que “El Cano” estableció límites a las candidaturas en razón del
tiempo de residencia en el país –cosa que Perón no podía cumplir- Héctor
Cámpora y Vicente Solano Lima llegaron a la Presidencia y vice de la Nación.
Poco después, en una renuncia obligada y la sucesión de burlesque con quienes
ocuparon la presidencia hasta las elecciones, en éstas gana la fórmula
Perón-Perón. O sea, El General con Isabelita
como vice.
Rodeado malamente, a
pesar de eso y de las recomendaciones médicas de reposo, Perón redacta el Plan
Trienal, obsesivo con la planeación y bienvenido fuera. Pero como también lo
decía, “Para hacer una buena tortilla había que romper muchos huevos” y ese
Plan Trienal seguía, aggiornados, los lineamientos de sus Planes Quinquenales y
el espíritu sano y lípido de la Constitución de 1949. Esto era mucho para los
chupasangres del Estado y para el plan neoliberal que querían por la presión
insolente de los EE.UU. en tal sentido. Como lo de Allende en Chile era, para
el espiador Richard Nixon, una nueva Cuba pero en el continente, avanzó con la
CIA y los dólares que le dieron a Edwards, dueño del multimedio chileno más
influyente –una especie de Clarín trasandino, tan miserable y rastrero como el
de nuestro monopolio local- y mediante todas las argucias de un plan
desestabilizador, avanzaron sobre el Presidente constitucional (Allende) hasta
que la bestialidad se hizo carne en los militares, y Allende resistió en la
Casa de la Moneda hasta suicidarse con la misma ametralladora con la que
defendió sus derechos y los de los ciudadanos chilenos. Después viene la
asquerosa realidad del “Estadio Nacional” y las muertes y desapariciones
consecuentes; el terror, el silencio y el miedo por todo.
Allí los yanquis
apoyan a Martínez de Hoz que, con las reuniones permanentes con los
representantes de las tres fuerzas armadas, convence y avanzan sobre la
presidencia de Estela Martínez de Perón, asumida tras la muerte de El General
el 1 de julio de 1974.
Toda esta resumida
historia se relaciona con la enseñanza en los institutos militares y en la
colonización de los cerebros de oficiales jóvenes que, convencidos de estar
ante el avance del desastre con esa mujer al frente del país, sumen, como
dogma, lo que los sinuosos profesores y asesores del Departamento de Estado
yanqui, les insuflan.
Cortemos aquí y
vayamos al grano.
Los muertos militares
habidos en combates francos, bueno, que cada fuerza se haga cargo de la
reparación ya que, combatiendo no estaban torturando ni asesinando con disparos
en la nuca en mazmorras umbrosas y pestilentes.
A los torturadores,
los que dirigieron con ahínco y placer sádico esas torturas y los traslados –eufemismo utilizado por los
responsables de campos clandestinos de detención para enviar a los enlistados a
la muerte por arrojamiento a las aguas, todavía vivos pero drogados-, son
absolutos responsables y titulares de los delitos de lesa humanidad que cometieron y a todo ellos, el mayor peso que la
ley vigente puede sancionar. Recordando, además, de los delitos de lesa
humanidad son imprescriptibles.
Pero nos asalta una
duda muy fuerte con las muertes de algunos militares. Por ejemplo, la del
Capitán Viola, en Tucumán. La forma de proceder en la operación connota un alto
grado de hijoputez, bestialidad, falta de capacidad combatiente y un fanatismo
peligroso como lo fue. Porque disparar con una escopeta del 12.70 con cartuchos
cargados por plomos brenner a un enemigo
sin detenerse ante la estrecha cercanía de la hijita del capitán, cargando el
baúl con su familia, excede cualquier justificación que pretenda esa subversión
absolutamente apátrida. En este caso, como en el de muchos otros militares
secuestrados y muertos ante la posibilidad de ser aprehendidos por las fuerzas
armadas, sus familias deberían ser reunidas en el grupo de familiares de
asesinados en condiciones de lesa humanidad. No importa aquí quiénes eran los
muertos pero sí el modo y forma en el que fueron muertos. Que es bien distinto
a morir en combate.
El caso paradigmático,
que parece una extensión de aquella diferenciación aplicada a los familiares de
los asesinados en las circunstancias meramente descriptas, es el de las
familias de los 44 heroes muertos por la infame Gran Bretaña al disparar dos
torpedos al submarino ARA “San Juan”. En el caso de sus familias, fueron
desdeñados, vigilados, ¡espiados por la AFI de Macri!, y que en la actualidad, todavía no pudieron cobrar nada de nada
de la Armada ni del Estado. La Justicia, que ya vimos cómo funciona, nada menos
que desde la Corte Suprema de Justicia actual, aduce plazos absurdos para la
determinación de la muerte aunque no haya certificación de la misma por
imposible presencia del cadáver y el certificado de defunción correspondiente.
Estamos acostumbrados –y
esto es grave- a la infame actuación del Estado a través de gobiernos que lo
denigran y bastardean, donde no podía ser ajena a tal desaguisado a la que,
todavía, denominamos “Justicia”, casi como la expresión de una esperanza sin
dejar de ser una ilusión.
En lo personal, no
esperamos ninguna respuesta de este gobierno débil, cobarde, continuador del de
la destrucción programada de la Argentina como lo fue su antecesor –con semejante
banda de facinerosos de traje y corbata, aunque trataban de ser populares no
usando el trapo al cuello que diferenciaba las tropas beligerantes en una de
las guerras internas en Francia-. Pero igual nos obligamos a expresar ésta,
nuestra opinión, a pesar de la reacción –segura- de los progres que buscan hacer pie en cualquier cosa, menos en jugarse,
seria y definidamente, en acciones que puedan producir y provocar cambios
efectivos para el pueblo de la Nación.
Que estén
bien.
Roberto Otero
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